Mo LIU.--N.*31
Barcelona, sábado
5deAgosto
de 1911 Pág. 481For b-l·iora, sólo la. joioa, f"u.rrLa.n oon oreoients et-fá.]:}..
¿F^o caiaién 88.06 lo
quezrL8U8zi8 se fu.iïiaraxi'P M OBNTUCOa
482 El Diluvio
CHn^üA If4SUSTAl4Cinii
Hacen unoscaloresfenomenales, y, no
obstante,
losguardias
municipales andan
por esascalles lu¬
ciendo el temodeabrigoqueles
dieron
enel in¬
vierno. Será muyeconómico, pero no essano
ir
tanabrisaditos porelverano; pero
dicen
queape¬nasel calor ceda y
el
otoñoal
veranoluego
suce¬da, si Mir, Lladó y
Vinaixa
sehallan conformes,
les cambiarán al punto
los uniformes, esto si
es quealgúnguardia
nosha quedado sin estar derre¬
tido y
evaporado,
porqueel traje de invierno
y estos calores á la par quefundentes
sonfundido¬
res;la brisa placentera causa
bochorno
yesto
más que otra cosa parece un
horno,
porlo
que andan losguardias medio cocidos esperando el
mo¬mento desercomidos, puesya
saben
queexisten
grandes empeñospara queentrende guardias los
cabileños,ya quehanvisto
queal cabo
sondeseos
vanos quererde
cabileños hacer urbanos.
Sóloá los lerrouxistas selesocurre lo que ni eldiablomismo piensa y
discurre; ¡miren
que unSaturno ve con furor su apetito extraordinario;
pero les hace temblar señalando al Calendario.
cabileño llegar á
urbano fuera
unmilagro,
ygran¬de, del Emiliano!
¿Nosoy yo
diputado?—se
hadicho el
hombre—Pues
después
detal hecho
nadaos asombrey sien ello
Alejandro
demuestra empeño hará al pun¬toun urbano deuncabileño. Seráuna metamór- fosis en realidad bastante desprovista de urba¬
nidad yhasta á la metamorfosis ayudaría desde ellimbo enque se
baila Santamaría,
porque los lerrouxistas tienenrazones que justifican muchas transformaciones.Hace poco que
vimos
áuncaballero
endosarse las ropas deprisionero,
fenómenos que comen cal y cemento hubo hace algunos meses, tal vezunciento, y
dicen
quehay
más de unode
altoco¬turnoquetraga
las
mantecas del diosSaturno,
que es el dios que, en la panza los
ojos fijos,
ca¬da día se
tragaba
cincoó seis hijos, yahora, á lo que parece, se reconcilia con losvástagos
tiernos desu familiaydistrae el
apetito
y huye del ocio metiendolagua¬daña por el
negocio;
pero, en
fin,
que á Sa¬turno le llegó el turno y
come y es comido papá Saturno.
Esesí que se encuen¬
tra rollizo ysano, esesí que seburla delcruel ve¬
rano, y á ese no lo ve¬
remos-hecho un
pabilo,
como los
pobres
guar-dia§ sudando el quilo;
esq'vive
muyfresco,
tie¬nejardines de las sala¬
das ondasen los confines ycuando acaba el tiem¬
po de los calores, cuan¬
do no haya en los par¬
ques avesni
flores,
ese tendrála bolsa muy bien repleta ydirá:
¡Caballe¬ros, á la silleta!
¿Y á qué Viene esa charla?— yo me recelo que
dirán los lectores—.
Tú,
Sotfanello,
conel ca¬lor, sin duda, sales de
quicio
yhablas
como un lorito falto de juicio, y aunque estemos en algo todos conformes, ¿quién envuelve á Saturno conuniformes?
¡Oh, lectora discreta,
notesofoques,notepon¬
gas
rabiosa,
note dislo-
aues! ¿Nocomprendes,no alcanzas, noves, criatu¬
ra, que
el
quesuda
se acuerda de la frescura y del quedel
verano gozatranquilo
entanto
aue otras pobres sudan elquilo?
Mas si es que no
te
agrada,pondremos punto
yhallemos,si te pláce, mejor
asunto.Ya sabrás quese
mul¬
tanlas
desnudeces,
comoGente menuda.
A UOS bajíos
—¡Pare usted!
—¡Eh, conductor!
—¡Corre, mamá!
—¡Trin! ¡Trin!...
Doña Basilisa sube á la
plataforma del'tranvía,
que va
atestado de viajeros, empujada
por sus doshijas.
—
¡Sube, Teresina!...¡Agárrate bien, Carlota!...
Gracias, caballero. ¡Uf!
¡Qué
servicio! Llevamosdos horas de plantón en la parada,..
¿Por qué
no paran ustedes?
—Señora,
no lashabíaVisto. ;—Pues debían ustedes mirar.
—Sí ; ¡notenemos otracosaque hacer!...
—Pues ustedes y la
Compañía
viven del pú¬blico y debían tener más cuidaüo... ¡Cinco tran¬
vías han pasadopor delantesin hacernos caso!...
Niña, saca treinta céntimos...
¡Qué
calor!Vamos
Suplemento IlustradoEl veraneo en Barcelona.—En la playa.
creo quete he dicho másde mil tveces,y
pienso
que otras tantas tambiénte he dicho que no en¬
cuentrocensuras para
el
capricho; pero quehay muchas cosasque son peores ypudieran
contar- ias muchas menores; queel fuego
moralistase encuentraescaso y quedeestos abusosno se ha-cefcaso,
y, enfin,
que se resuelvenluego
estos males, en aumento decentros bieninmorales,
en donde se realizan muchosantojos,
anteios
quees preciso cerrar
los ojos.
Y basta, quéhablé
deello, caso no se hizov callo, aunque
callando
meruborizo. Solfanello.
484 El Diluvio
Niños de las colonias escolares, dias antes de su salida de esta ciudad.
prensadascomosardinas...
Diga usted, cobrador,
me parece ¡que en
el asiento de la derecha hay
unsitio...
—Pues siéntese usted.
—Puesdiga
usted
que medejen hueco.
—
¡Cualquiera
va con esaembajada!
—Haga usted el favor de tratarme
con másres¬peto, que soy una
señora.
—Yono la falto á usted.
—Teresina, toma
el
número de este hombre y daremos unaqueja... ¡Vaya
con eltío
grosero este! SI todos losempleados
son como usted, no es de extrañar queande tan mal el servicio. Aun hombrenole contestaría usted
así;
pero sepa ustedqueyo noaguanto imposiciones de nadie...
¡Bonita soy yo!
—Señora, cállese
y noalborote,
ydé todas
lasquejas
quequiera.
Alberto Leelr, que obtuve el primer premioenlascarreras internacloBales
de motocicletas de Mataró ó Vilasar.
—Mamá, note incomodes, no sea que te
dé el
ataque...No sé
porqué discutes
concierta clase
de personas...
Otra
vezvendremos
enel
tauto del tío Emilio...—Sí,
hija, sí;
en eltranvía
estáVisto
que no podemos venir las señoras... Caballero,apártese
que se Va
usted echando encima de mi hija...
—Señora,yono la toco.
—A míno me niegue usted loqueyo veo...
Esa
piernaizquierda
lapuede
usted poner másallá...
¿Verdad, Teresina, quete apretaba?
—Si, m-
ha parecido
sentir una cosa dura; yo creí que era unhierro,..— Es que hay gente muy mal educada y en viendomujeres solasenseguida abusan... Si estu¬
viera aquí mi esposo, ya se lo diría á usted de
otra manera... Carlota, ten cuidado con la cur¬
va. .
¡Qué
vaivenes!¡Si
esto parece una carreta!— ¡Trin! ¡Trin!...
—Mira, mamá, ahora se
bajan dos... Siéntate
tú, ytú,Teresina.
—No quiero
dejarte
solaen la plataforma... Yeso queel juanete derechomeestá dandounos
pinchazos... No
tengascuidado
que selevante nin¬
gún
hombre
áofrecerte el
asiento...¡Son muy ga¬lantes ahora!... Enmis
tiempos
no iba unaseñora de pieunminuto
enel tranvía...
—¿Pero había tranvías en su
tiempo?—le
pre¬gunta
el Viajero de
¡ap.erna conretintín.
—Pues
qué.
¿creeusted
quesoy alguna estan¬tigua?... Aquí
donde usted meve, notengomás
quí cuarenta yseisaños y ya he criado cinco hi¬
jos ynollevo nada postizo...
¡Cualquiera diría
que yo tengohijas
casaderas!...¡Si
parecemosherma¬
nas!... ¿Por quéseríe usted?
—Yono merío.
—¡Trin! ¡Trin!...
—Yabaja otro,mamá.
— -¡Gracias á Dios! Ahora nos
podremos
sentar lastres... Dame el maletín, Carlota... Teresina, corre, notecojan el sitio...—Señora,que me
ha pisado
usted.—Perdone
usted,-,caballero... ¡Si
estetranvía
EL
DILUVIO ILUSTRADO Miguel á tranquilos. podemos estar comienza reir
—Yaájugar... El doctor ha dicho la ha
yme que conmoción es> á de tado ñebre Has hecho bien punto producir una cerebral.
enmatar ese perrazo; yo no quiero que nuestros perros á de vuelvan salir su perrera... Ivés distraídamente la té no contestó; movía el con cu¬ Evelina inquieta; Al charilla. parecía se agitaba en su silla.
fin,hubiese de dijo, como se si armado valor, vacilando: ha que modo muerto el perro? —¿De la Destour- tengas no miedo respondió señora —Sí, — ville.
Lalas tostadas de de niña calló; contemplaba pan untadas manteca. dijo Ivés. —Come—le Pero Evelina toda respuesta por prorrumpió en sollozos.
Nohacerle de tranquilizarla, pudieron ni contesar el motivo las á "porque pena; todas preguntas oponía
suel enigmático de los temible
si„es el más que arma niños. Después de Ivés fué á buscar á Este almorzar su portero. joven hombre llevaba
eraque cuatro años en un su casa. Francisco—interrogó Destourville-, tío Lahu- el —Dime, la del
chesigue viviendo en antigua casa guardabosques, ¿no
esverdad? Ya señor; allí con vive el viejo su mujer. recordará —Sí, el la le á señor que alquiló casita cuando reemplazarle. yo vine Pero hombre ha dado bajón terrible... el pobre un está casi á Es tiene de sordo y empieza chochear. que ya cerca ochen¬
taycinco años... Ivés internó bosque detuvo la se en el se del y ante casita guarda. había ido á ¡Cuántas veces aquel mismo sitio con el cora¬ El Forancier fuera... tío Sabia
zónpalpitantel estaba que en¬ á Cristiana La joven contraría sola y esperándole. se arroja¬ brazos, felicidad
bade tan linda la humilde en roja sus y que inundarse de luz. choza parecía
Fuéá la Lahuche La tía á quien vió. anciana miró al re¬ llegado de luego ha*
ciénarriba abajo; exclamó asustada, ciendo una reverencia: Dios posible. mío! ¡Señor! ¡Alguna mala noticia! ¿Nos —¡Es despiden?
56FLORILEGIO
DE CUENTOS
La
acostada, madre estaba
hecha un ovillo; entre sus la ha¬ patas, mamando, rebullíase el cachorrillo que mujer
bíallevado brazos... bulto... en sus otro y otro cachorrillo hundido la Lentamente, infi¬
queparecía medio en paja. con la levantó hacia madre nitas precauciones, se y se arrastró llevando las de
laá cazuela, aún crias coleadas sus ubres... "animaL junto ¡Horror! ¿Qué es aquel que aparece al ca¬ de hocico chorrillo canelo sonrojado? Apenas se en el cuarto; ve sin embargo, no es un perro, la la de inglés, aunque cabeza parece un mastín con ei crᬠla boca las
neoalargado, rasgada, orejas minúsculas; el de kanguro, sonrosado, cuerpo es repugnante, un cuerpo de las desmesuradas.. Y
conpatas atrás tiene este animal humano, dolorosamente
unno sé qué caricaturesco, trᬠgico.
LaCristiana misma se estremece ante este espectáculo. Hace huir, luego Uu movimiento para se contiene murmu¬ y Decididamente "¡Todavía demonio vive!
ra:el me protege Dios ha desde Y de abandonado.„ que me canta una especie balada la habla de á extraña, en que se una mujer quien su hace los balada amante perseguir y morder por perros, una lúgubre la deja de
tanque perra comer des¬ su sopa y aulla esperadamente.
VI.
Al
pie
de la
finca
de Ivés Destourville hay línea férrea una local
deinterés la por cual pasan cotidianamente algu¬ trenes los detienen
nosque enlazan con rápidos que se en imi|ortante Entre Destourvi¬
unaestación vecina. el castillo
llede los Morraines, el castillo à 15 kilómetros y que se alza
delhay La una estación primero, minúscula carretera que desde la de Destourville
vaestación al castillo está cortada kilómetros á cinco más allá Allí por un paso nivel. constru¬ de la casita á daban dos yeron una guardavía que sombra hermosos árboles de jardincillos y alegría lin¬ uno esos tan
dosllenos de ñores los tan á y que entusiasman viajeros.
41
KL
DILUVIO
ILUSTRADO
El
anciano
que
desempefiaba
las
funciones
de
guardavía
murió
y
fué
reemplazado
por una
mujer
de
edad
indecisa,
á
la.
que
nadie
conocí^.
Habia
sido
recomendada,
según
se
de¬
cía, por
el
diputado,
que era
hermano
de
leche
de su
padre.
Habla
llegado
de
muy
lejos,
al
parecer,
empujando
una
ca¬
rretilla.
La
carretilla
contenía
el
modesto equipaje
de la
po¬
bre
mujer.
Atadas
ú
la
carretilla
trotaban
resignadas
una
cabra
negra
y
una
enorme
perra
leonada.
La
mujer,
en
cuanto
se
hubo
instalado,
entró
en
funcio¬
nes.
Ello
no
era
difícil
ni
fatigoso;
el
último
tren
pasaba
á
las
ocho
de la
noche;
la
guardosa
estaba
libre
hasta
el
otro
día por
la
mañana,
A
los
pocos
días
de su
llegada,
en
el
mo¬
mento
en
que
se
disponía
á
cerrar
la
valla,
el
chasquido
de un
látigo llamó
su
atención.
La
victoria
de
Destourville
se
acercaba
rápidamente.
La
mujer,
después
de
dirigirle
una
mirada.
Cerró
la
valla
y
el
cochero
no
tuvo más
remedio
que
refrenar
los
caballos.
Permaneció
inmóvil,
como
si
no
comprendiese
una
palabra
de
las
protestas
del
cochero
y
miró
al
coche.
Dentro
iban
un
hombre,
una
mujer
y
dos
niños.
El
hombre,
impaciente
por
esta
detención
forzosa,
gritó:
—{Abranos
usted;
tenemos
tiempo
para
pasar
veinte vecesi
Los
niños,
entusiasmados
con
la
idea
de
ver
el
tren,
se
arrodillaron
en
la
bigotera;
la
dama
permanecía indiferente.
La
gnardesa
seguía
inmóvil,
observando.
—¿Se
decidirá
usted
al
fin?
-
preguntó
Destourville.
Entonces,
maquinalmente,
abrió.
—¡Gracias
áDiosI—refunfuñó
el
cochero.
El
carruaje
pasó
y
desapareció
en
el
bosque.
—No
me
ha
conocido—murmuró
lamujer.,.—Por
lode¬
más,
podía estar
tranquila.
Tampoco
me
hubiese
reconocido
diez
meses
después...
y
ahora,
hace
ya
diez
años..
Es
mu¬
cho
diez
años,
y
es
poco
cuando
la
venganza
está
cerca.
Y
aquel
dfa,
al
pasar
el
tren,
el
maquinista
y
el
fogonero,
que
eran
los
únicos
viajeros,
se
quedaron
estupefactos
al
ver
el
rostro
de la
guardavía,
tan
sombrío
de
ordinario,
ilu¬
minado
por una
especie
de
feroz
alegría.
50
FLORILEGIO
DE
CUENTOS
Y
dirigiéndose
á
la'guardavia:
—Me
tienen
sin
cuidado
sus
juramentos.
Si
cree
usted
que voy
á
esperar
áque
este
perro mate
á
alguno
de
mis
hijos...
La
mujer
permaneció
impasible.
Se
contentaba
con
mirar
á
Ivés
imperiosamente.
Pero
trajeron
la
escopeta.
—¡Ate
usted
el
perro
á
esa
columnal
La
mujer
no se
movió.
—¿Me
oye
usted?
—No
ataré
á
mi
perro.
No
hahecho
nada
y
no
tiene usted
derecho
para
matarle.
—¡Si
no lo
tengo,
me
lo
tomol
Hizo
una
seña
al
criado,
que
arrancó
la
cuerda
de
las
ma¬
nos
de la
mujer.
Esta,
por
lo
demás,
no se
resistió,
como
si
todo
lo
que
estaba
sucediendo
lohubiese querido
la
fatalidad.
Se
contentó
con
besar
la
cabezota
del
animal.
—A
tí
te
toca
la
mejor
parte—murmuró—y
debuena
ga¬
na
te
seguiría;
pero
aun
no he
concluido.
Hasta
pronto.
Se
levantó;
aquel
rostro
sombrío
y
cruel
adquirió
por
un
instante
cierta
expresión
de
dalzura.
Salió
el
tiro.
El
animal
dió
un
salto
y
lanzó
un
ladrido
de
agonfa;
el
se¬
gundo
tiro
lo
dejó
muerto.
—¡Asesino!—dijo
fríamente
la
mujer.
Ivés
se
encogió
de
hombros
y
se
preparaba
âentrar
en
la
casa
cuando
vió que
la
guardavía
se
inclinaba
y
trataba
de
arrastrar
el
cadáver
del
animal.
Lleno
de
curiosidad,
se de
.
tuvo.
La
vieja
se
quitó
del
cuello
una
especie
de
bufanda
de
punto,
la
ató
al
cuerpo
de la
perra
y
tiró...
Ivés
se
apoyó,
desvanecido,
en
la
balaustrada;
en el
cue¬
llo
de lamujer había
visto
una
profunda
cicatriz
(dos
semi¬
círculos,
señales
de un
mordisco
espantoso).
IX.
—
¡Qué
pálido
estás!...
¿Qué
te
pasa?—preguntó
al
día
si¬
guiente
la
señora
Destourville
á
su
marido.
—Nada...
He
dormido
mal...
he
tenido
unas
pesadillas...
me
duele
la
cabeza...
55
Suplemento Ilustrado
Por si su salud restaura pero ahora pregunto yo:
à Mallorca se fué Maura; ¿A qué habrá Ido Cambó?
parece un terremoto!... Sentaros, niñas... ¿Hace usted el favordecorrer un poco áese
niño?
—Señora,
hapagado
subillete
ytiene derecho
ásu asiento.
—Puesocupamás sitio que un
obispo.., Y
ade¬más, me está manchando la falda con los zapatos.
—Pues
limpíesela...
—Puesno me da la gana que
nadie
memoles¬
te sin
necesidad;
y si su hijono tieneeducación
se laenseñausted, si es que
la sabe...
—A raínome tiene usted que
dar lecciones
de nada, y de educaciónmenos.—¡Cobrador á, ver si este
angelito
ponelas
patasáemodo que nomoleste!...—¡Oiga
usted, que mihijo
notiene
patas!...¡Vaya un modo de hablar,y eso que
lleva usted
sombrero!...—Poresocreen ustedes, las del
pueblo,
quela
puedentratar á una de cualquier modo. Pues seequivoca usted, porque con
sombrero
ysin
som¬brerono medejo montar denadie... No me hacía la ley mi marido, yeso que era de
caballería,
¡yme la Va á hacer usted!...
¡Ay, hija! Tendría
us¬ted que nacerdos veces.
—Agradezca usted que hemos llegado á
los
Orientales ytengo que bajarme; quesi no, yala bajaría
yo á usted los humos,¡duquesa!
—Mamá, cállate... Nosé por
qué discutes
con genteordinaria...
—
¡Uf!
¡La¡finada!
Buen viaje,ylávense uste¬des bien el pescuezo, que buena falta les haca...
Risas
generales,
cuchicheos de losViajeros;
doña Basilisaseabanica con furia, las niñas se ponen
rojas
comoamapolas...
El cocherueda
unosminutosmás...
—¡Astillero!.., ¡La
bajada
por delante!...Son deliciososestos tranvías de los baños.
Fray Gerundio.
Feder Spiegel.
He aquí el proceder de ios
= queimpüla ciudad:
=Unos por
amorde Dios
= yotros
poria libertad- Eü HOmBRE 9UE SE tnURIÓ DE RISñ
Nunca, jamás odié á un ser humanocon tanta fuerzacomo áJacinto Rosa. Era un hombre in¬
soportable.
Siempre
se reía. Sus palabras eranexplosiones de risa. Lloraba de risa. Estornuda- bada risa...
Era un hombre
desgraciado. ¿Desgraciado?
Sí.Des-gra-cia-do... Tan des<¿raciado que su cora¬
zón parecíaunpararrayosde penas y desdichas.
Pero desdichasy penas eran
recibidas
porél
con una carcajada. Cierta vez un automóvil le pasópor encima. Le rompió seis costillas.
Lo
re¬cogieron casi muerto. Pero en el hospital no pu¬
dieroncurarloporque se reía como unloco, ha¬
ciendo reir á los médicos, á los
practicantes
y á los mismosenfermos moribundos.¿Sufriría
deaquella antigua risa «sardónica»
que atacaba á los quecomían la peligrosa hierba conocidaen la cienciacon el clásico nombre de
«sardonia»? Yo investigué. El máscélebre botá¬
nico del
siglo XVIll—Linneo—dice:
«Basta co¬meruna
hoja
de «sardonia» para que la locura mortal de la risa fomine los sentidos.» En la an¬tigüedad un filósofo griego—Chrysipo de Tarso
—murió, según afirma iógenes Laercio, ácau¬
sade un ataque de risa. Varios historiadores
atribuyen
ese ataque á los efectos de algunashojas
de «sardonia» que le hicieron comer conla ensalada; aunque otros, como
Víctor Hugo—
en
Shakespeare—,
suponen que el ataque de risa que provocó la muerte deChrysipo fué ori¬
ginado por la presencia deun burro que penetró de improviso en su casay le comió tres docenas de higos queel sabio
guardaba
para sí...Sin
enibargo,
no eraposible
queJacinto
hu¬biera Visto un burro en esas condiciones. Ni mu¬
chomenosque hubiera comido hojas de sardo¬
nia... La sardoniacrece únicamente en Cerdefia, Debe comersefresca...
-188
Los raueríos sueñan
Vuelvenlosconservadores
á pensarengobernar
y en verdadque esos
señores
hacen mal en talpensar Dicenque con sana
acerba
paraemprender
la jornada
se sacrifica áLacierva
y sesuprime
á Besada.
Creenqueasi enel
porvenir
el partidose restaura;
pero Señor,
isi
esá Maura
al que sehitde
suprimirl
Y ésteen elp imer lugar,
que ya veremos
después,
porque al presentenoses imposible señalar.
|Hay tantos que
hacen estorbo!
¡Tantosmales, queen
rigor
no será elcólera morbo, siviene, el dañomayor!
¡Volver Maura á
gobernar,
el Antonio máspequeño,
eso se puede llamar
un torpe ypenoso
sueñol
Ossorio, el Ossorioaquelqueaquí trajoel
purgatorio,
piensa gobernarconél.¡Qué ilusiones, pobre
Ossoriol
Torpezase necesitaparacreenciatan
extraña,
¡bactr árbitro aljesuita
de los destinos de Españal Talépoca ya pasó
y eso para no volver;
¡qué ha deocuparel Poder quientantos malescaiisól
España quiere vivir,
seimpone suvoluntad,
y muestrasu resurgir
un¡Viva la Libertad!
Ossorio . Maura... Lacierva...
demando sientenafán;
¡no ve esa genteproterva que basta enterrados están!
Aquel partido acabó
en sangre y en odio abogado
yal verlo niu;rtogritó España; ¡Ya me be salvado!
Aquello no se restaura yha depensar donAntonio
queentre el diabloyentreMaura preferimos al demonio.
¡Buenos recuerdosdejó aquel Gobierno fatal,
queparasiemprecayó envueltoen supropio mal!
Descanse Mauraensutierra, deje la pública lid
y no quiera emprender guerra siendo tanmaladalid.
Partido conservador, el darte ya por perdido
espara tí lo mejor.
Pideperdón, pide olvido.
490
El Diluvio
Yél nunca había estadoen Cerdefla.—¿Por qué
no tehaces
verpor unmédico?—le dijeron.
—Esinútil... Además, no meconviene dejar
de reirme—contestaba, torciéndose de risa—. Tan
chistoso estodo lo que me pas i, quetengo
quereírme
para noreventar...
Un día leencontré en
la calle. Bufaba de pla¬
cer.
—¿Qué tiene, Jacinto? ¿Por qué
seríe?
—¡Oh, queridol ¡Si usted supiera!... Ayer
medijo el médico
queestoV grave de los ríñones
y del corazón.Figúrese usted
quetengo
unriñón
flotante.¡Qué risa! Será
unriñón aeroplano...
El médico supone que en
el próximo
ataque mepuedo quedar muerto. ¿No le parece á usted gra¬
cioso? ¡Ja,
ja, ja!
—Puesá mímeparece muy
triste. ¿O,
acaso,nocree usteden su médico?
—Al contrario. Creo. Estoyseguro
de
quevoy á morirme. Y pronto.Muy
pronto...Ya
me veoenel féretro durocomo un
palo, rodeado de
ve¬las, de
flores
yde
moscas...¡Qué risa. Virgen
santal Misamigosentrarán de puntillas
enla cá¬
Qulslera verles amigos, pero seguirá el litigio.
¿Quién pone en paz lacorona
con el noble gorro frigio?
mara mortuoria... Me mirarán riéndose por den¬
tro,como
verdaderos
gusanos que son.¡Ja, ja,
ja!Depaso, enel comedor,
seembriagarán
Con misúltimis botellas dewhisky y de coñac, di¬ciendo: «PobreJacinto; era muybueno, pero un poco borncho...»
Y
yo,al oírlos,
me«moriré»
de risa...
¡Déjeme usted reír!
.Más tarde lo encontré en un bar. Me invitóá
su mesa con una
carcajada
quehizo
temblar los estantes, el mostrador, las lámparasy todas las copas ybotellas. Dos ó tres
camarerosestallaron
en
carcajadas. Un reloj
queestaba parado
comen¬zó áandar...
La risa que
Jacinto sinti
5 al Verm:dejóle
sin hablarun cuarto de hora. Cuando pudoenjugar¬
se laslágrimasme
dijo tartamudeando
yciego
de risa:—¿No sabeque estoy
de luto? Sí,
hombre. Semeha muerto...
—¿Quién?
Nuevascarcajadas
le impidieron
continuar. Te¬nía los ojos inyectados
de
risa. La nariz, la boca, las orejas, todoselemovía
convulsivamente. Laalegría
le brotaba de la piel. Jacinto se reía has¬ta con los brazos, con el sombrero, con los boti¬
nes.. Temblaba de arriba á abajo. Eia unaepilepsia convertida en
carcajada...
—Pero, ¿quién
sele
hamuerto?—pregunté.
—¡Mi mujer,
hombre!
Sí, señor, mi
mujer. ¡Y
lo más gracioso es que yo la adoraba! Nopodía
vivir sin ella. Le aseguro que no me suicidé porque no pude cargar mi revólver.¡Me reía tanto, que no en¬
contraba las balas!La risa
no me hubiera dejado en¬
contrar el gatillo...
¡Y
co¬mosi notuviera bastante
con la
pérdida
de mi mu¬jer, que murió carboniza¬
da, falltce pocosdíasdes¬
pués mi única
hija!
Murió tuberculosa. ¿Se acuerda usted de mihija?¡Era
tan linda! ¡Pobrecita! Murió asfixiada. Sin pulmones.Escuálida. Hueca...
¡Qué
risa! Le aseguro que me duele lacaradetantoreir¬
me.¡Las mandíbulas seme caen de risa! Pero nunca me he reído tanto y con tantas ganas como en el Velatorio y en el cemente¬
rio...
Entre
carcajadas
prosi¬guió haciéndo.neun resu¬
men de sus últimas des¬
dichas. Losmozosdelcafé aunque ya están
habitúa¬
nos aVermeallícon perio¬
distas, ladrones,
escrito¬res, asesinos,
políticos,
borrachos y¡ocos,
nos mirabaticuriosamenteyse reían sin comprender. La risa es contagiosa. Pero la risa deJacinto era mu¬chomas contagiosa toda¬
vía... El
cajero
se apreta-EL
DILUVIO
ILUSTRADO de la Ahora terraza. espere al pie voy. —Que la Destourville in> Cuando desapareció, el criado sefiora tnrogó á su marido. he ta Ivés—. La pe- guardavía—replicó visto con un
—Eshay Quiero único ense¬ rrazo color canela, el aquí. que por tVli- Evelina; á ñarle á se abalanzó ese perro si es el que hay le descerrajo hablar; tiro guel, no más que un y ya no á los á asustar niños. volverá
AlEvelina levantó de la gri¬ oir estas palabras se mesa tando: á [No, no; quiero ese perro! papá, yo no ver.
—Costó improbo tuvieron trabajo tranquilizarla; que un el lo deseaba: bicicleta todo prometerle que muñeca, una una < de Al fin á la terraza para ver caramelos... consintió salir decir lejos el perro y si era el mismo. la Serían las de la Cuando Ivés apareció en ocho noche. la la á la le tenia terraza mano vió mujer que esperaba; en llevaba había á se acos¬ cuerda con que atado su perro, que Aunque á lado. tado tranquilamente se en apa¬ su esforzaba la tranquila, revelaba recer su pecho, agitado por emoción, interior del castillo creyó poder
unaagitación que el señor explicarse así: lle¬ á Miguel teme que se y perro es el que abalanzó
—Suácabo amenaza.
vemi á bien á le dijo—; hija mi va ve¬ usted su perro —Sujete tiene
niry mucho miedo. insti¬ Evelina, y su se presentó entre su madre en efecto, La de la llevaban tutriz, niña se cada una una mano. que hacia atrás, echaba Ivés levante secamente. ese perrol—ordenó se —iQue levan,
Lade la tiró animal el se mujer, obediente, cuerda; indiferente á lo torno
tótodo que pasaba en
yse sacudió, suyo, éll—exclamó la indecible horror—¡es éll jEs niña con
—de las
Y,deshaciéndose la manos que sujetaban, se refugió la
encasa. desdeñosamente. de hombros
Lasonrió mujer se encogió y jurol es ¡Lo verdadl... —¡No Pero Ivés oir no quería más. á mi escopeta—dijo un criado. —Tráigame
54FLORILEGIO
DE CUENTOS
vn.
Era
al anochecer
de. un
día de
Julio.
En la terraza
del la Destourville, meciéndose en un rocking- castillo señora ido á à habían hijos, que paseo con su
char, esperaba sus Su á con ella aya. marido vino reunirse los la ¿Aún está comida—dijo—. ¿Y niños? no están
—Yavestidos? la dama inquieta. han no vuelto—respondió —Todavía fuera de despedir á institutriz, eStá que esa que —Tienes demasiada la horas de lo se manda.Tratar con casa más que bondad á tontería... una esas gentes sería Evelina, Pero había dicho con esto cuando el apenas llegó corriendo.
pelosuelto, sin sombrero, Habla. herma¬ tu ¿Y pasa?—interrogó el padre—. —¿Qué dónde
no?¿En esta? Luego á duras
Alhablar. penas consi¬ pronto, no pudo de la tartamudeando efecto emoción, que
guióexplicar, por la Miguelito le había
áen tirado al suelo un perro pradera, del bosque... cerca la ha hecho daño?—gritó madre. —¿Le ha tanto que está como muerto. pero se asustado -No; institutriz á Miguel, é
Enla traía aquel momento pálido le brazos. inanimado. La cogió en madre, enloquecida, ha hecho daño? ángel hablal mío, ¿Te —jHabla, le hecho daño—dijo la ins¬ haya señora; no creo que —No, él luego á titutriz—; echó correr. el perro se arrojó sobre y
Elrecobró el conocimiento. niño con voz apagada. no está ahi?—preguntó —¿Ya de No le
Ledesnudaron. alguna mordedura; vieron señal fué tenía acostarle porque una calentura muy pero necesario Avisaron doctor. fuerte deliraba. al y institutriz. Mientras llegaba interrogaron la Temblan¬ á leyendo distancia de los
do,à contó que estaba poca niños, la linde del bosque, de jugaban
queen cuando repente oyó à Miguel La á Evelina. Acudió y en el suelo. niña gritar vió "[El Pero la institutriz gritaba perrol lOh, el perrol„ no pudo Miguel brazos... No Cogió á en sabía más. animal.
veral
51
L
DILUVIO
ILUSTRADO
Por
sa
parte,
Eveliaa
se
explicó
de
esta
manera;
—Yo
estaba
jugando
al
escondite
con
Mic,
cuando
se
pre¬
sentó
un
perrazo enorme,
canelo,
[ohl
un
perro
horrible,
con
un
pelo muy
largo
y
una
cabeza
muy
grande...
Le
mira¬
mos...
Se
estaba
quieto...
Mic
le
dijo:
"¿Quieres
marcharte,
feisimo?„
Y
entonces
se
arrojó
sobre Mic...
—Tal
vez
quisiera
jugar.
—
¡No!
¡No!...
Tenía
un
aspecto
feroz...
Yo me
escapé
co¬
rriendo...
El
doctor
tranquilizó
á
los
padres.
—Este
niño
ha
sufrido
una
violenta
emoción...
Es
extra¬
ño...
¡Asustarse
tanto
por
un
perro!...
Sin
embargo,
está
acostumbrado,
¿no
es
verdad?
—Sea como
quiera
-dijo
Ivés
Destourvillo—,
voy
á
dedi¬
carme
á
buscar
á
ese
demonio
de
animal.
Y
añadió
con
un
gesto
categórico;
—¡Y
le
aseguro
áusted
que
no se
me
escapará!
Al
día
siguiente
la
servidumbre
del
castillo
contó
á
todo
el
mundo
que
como
á
Miguelito
le
habla
"arrollado,
un
pe¬
rro,
el
señor
Destourville
tenia
intención
de
mandar
matar
al
animal
y
se
disponía
á
proceder
él
mismo
á
su
captura.
Con
el
fus
1
al
hombro
comenzó
sus
pesquisas.
En
vano.
No
había
ningún
perro
de
aquellas
señas.
De
este
modo llegó
al
paso
á
nivel.
La
valla
estaba
cerrada.
A lo
lejos
silbaba
an
tren.
Ivés
esperó.
Entonces
fué
cuando
vió que
la
puerta
de la
casa
del
guarda
se
abría;
salió
una
mujer
y
tras ella
un
perrazo
ca¬
nelo.
Pasó
el
tren.
La
mujer
fué
á
abrir
la
valla.
—¿De quién
es
ese
perro?
-preguntó
Ivés.
—Mío—contestó
lacónicamente
la
mujer.
—¿Va
alçnna
ve*
al
bosque?
-No,
nunca
se
separa
de
mí.
—Sin
embargo,
este
es el
único perro
canelo
que hay por
estos
contornos;
este
es el
que
se
abalanzó
ámi
hijo.
No
tiene usted
derecho
á
conservar
ásu
lado
á
un
animal
tan
feroz.
—Mi
perro
es
muy
manso;
no
puede
morder,
es
muy
viejo...
—EsOtUO
prueba
nada—insistió
Ivés—.
Esta
noche,
en
cuanto
esté
usted libre, lleve
el
perro
á
mi
casa.
Si mi
hija
52
¡FLORILEGIO
DE
CUKItTOB
lo
reconoce,
lomataré
en
el
acto.
No
olvide
usted
que soy
el
alcalde»
La
mujer
no
respondió
sino
con una
mirada
que
causó
á
Ivés
cierto
malestar.
Se
marchó;
poro
aquella mirada
le
per¬
seguia
de
tal
manera
que
se
detuvo
acometido
de un
desva.
necimiento.
Yen
aquel
instante
pensó
en
cierta
lúgubre
no¬
che
de
invierno
en
que
había
arrojado
de su
presencia
áCristiana
Forancier
¡Cuán
lejos
estaba
todo
aquellol
Hasta
aquel
momento
no
había
vuelto
á
acordarse
de
ello....
Pero
ahora
experimentaba
una
angustia extraña;
como
si
se
hubiese
desarrollado
la
víspera,
veía
la
escena
del
balcón,
oía
la
voz
suplicante
de la
joven...
y
1
js
ladridos
de
los
pe
rros
cuando
él
cerró
las
vidrieras...
No
se
había
atrevido
Avolver
áabrirlas;
permaneció
en su
cuarto
indeciso;
luego
levantó
la
cortina;
no
vió
ya
nada
más
que
el
bosque...
Todo
estaba
tranquilo...
Cristiana
habla
desaparecido...
El se
acos¬
tó de
nuevo.
Pero
se
esforzaba
en
tranquilizarse.
Luego
no
había
vuel¬
to
à
oir
hablar
de
ella.
El
notario,
i
quien envió
para
entre¬
garle
una
pequeña
cantidad,
encontró
la
casa
vacia.
Cristia¬
na se
había
marchado
sin
decir
á
dónde
iba.
Nadie
sabia
lo
que
había
sido
de
ella.
Y la
mirada
de la
anciana
guardosa
le
recordaba,
después
de
diez
años,
esta
historia,
perdiJa
hasta
entonces
en
aquel
rinconcito
del
cerebro
en
donde
escondemos
las
malas
ac¬
ciones.
¿Qué
relación
podía haber entre
aquella
mujer,
que
lo
me¬
nos
tendría
cincuenta
años,
y
la
linda
Cristiana?
Y,
sin
em*
burgo,
había
sentido
algo
que
no
podía
explicarse...
Una
im.
presión
rápida
y
tenaz.
Y
esperó
la
noche
con
impaciencia.
VIH.
—Señor,
ahí
está
una
mujer.
Dice
que
el
señor
la ha
ci¬
tado.
Ivés
estaba
cenando;
había
comido
de
mala
gana,
sin de¬
cir
una
palabra.
52