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Juno Barcelona,

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Texte intégral

(1)

Barcelona,

sábado 29de Juno dk 1911

10 CENTIMOS

(2)

466

F,l Diluvio

CHA RUA iHSUSTAHCIALi

Queridísimo lector: ¿Ceno te sienta ei calor?

¿Sudas mucho? ¿Comes poco? A mí me Va á vol¬

ver loco

el continuado sudor.

La verdades que

el verano se va mostrando in¬

humanocon

tanto y tanto apretar; pero hemos de

confesar que

si

es

caluroso es sano, porque, ha¬

blemos en

razón cad con satisfacción se difunde

la

blasfemia de que acecha la epidemia para en¬

trar una

ocasión y hay quien, temblando de míe o,

moribundo,

canta el credo, sin pensar el muy men¬

guado

que

el cólera no ha pensado en mostrar su

rostro

acedo.

¿Que muere la gente? Es claro. No tiene nada

deraro;

al contrario, es muy corriente que se re¬

nueve ¡a gente;

¡lo sabe hasta el más ignaro!

Hay

quien trata de asesino al inocente pepino;

hay

quien insulta á la pera, hay á quien el agua

altera y hay

á quien altera el Vino; pero tú, lec¬

tor amado, que,

rollizo y colorado, sudas á más

y

mejor, puedes reirte del Calor y del cólera

anunciado.

Come truta;

sin disputa, sana es si es buena

la fruta; pero

el abuso bucólico oroduca el terri¬

ble cólicolo

mismo aquí

que

en Calcuta

¿Que

te cansas

de sudar? Vete á la orilla del

mary

contempla á las ondinas que lascarnos na¬

carinas acuden á

remojar. Y ya verás ¡oh, lector!

que

el efecto del calor no es desolación y muer¬

te, sino que

lo más inerte adquiere fuerza y vi¬

gor.

Busca la brisa templada, que, rozando aqua

salada, se

refresca

y se

humedece y luego besar

parece

nuestra frente acalorad i y piensa que el

vientoaquel

rozó labios de clavel y otras cosas

rozó el viento, que

pienso yo que al momento tu

te cambiaras por

él.

Oye las

voces

sonoras de las chicas seducto¬

ras que

templan

su

ardiente fragua en los crista¬

lesdel agua

de las olas bullidoras y "piensa que

el grave

ardor río

es

el hijo del calor, y que se

buscan los bañosporque

el calor de los años es

el más fuerte,

lector. Verás

que

en Vez de sufrir,

con elmiedo de

morir de muerte tan fementida,

te agarras

más á la Vida y más piensas en vivir.

Deja

esos

miedos letales y esos sueños sepulcra¬

les para

Vinaixa, Lladó y otros muchos que sé

yo que mueren

de concejales. Y ya puedes per¬

donar el modode

señalar

con

sintáxis acrobática,

porqueya

ni la Gramática se puede aquí respetar.

Vendrá el invierno

sombrío,

con

sus lluvias,

con sufrío y otro verano

vendrá y aquí nos en¬

contrará charlando, yo

te lo fio. Tú y yo tene¬

mos por

cierto

que

más de uno se habrá muerto

¡siempre

la gente murió! mas no seremos tú ó yo

quien

deje el mando desierto,

Queda mucho

que

gozar, queda mucho que su¬

dar, queda

mucho

que

sufrir y no es cosa de mo¬

rir porque

quieran asustar.

Pronto laciudad

ufana á la Colla de la gan

extenderá la absoluta y

ésta emprenderá la ruta

dela cabila africana.

Allá,

en su

patria querida,

entregentes

de igual vida y de idénticos ideales,

tendrán estos

concejales la sociedad merecida.

¡Qué bien estarán allí á la orden de algún cadí

que

les sirva de sostén! Y, sobre todo, ¡qué bien

nosquedaremos

aquí!

Respiraremos

á gusto,

no

temeremos un susto

queatente

á nuestro bolsillo y un milagro tan sen¬

cillo hará gritar:

Alah

es

justo.

Que

en

Nápoles y

en

Tolón, que en Rusia y en

el Japón por

culpas de estos berrinches se achi¬

charran como chinches... ¡no

hay

que

tener apren¬

sión! Sentirlo,si; la

piedad hija

es

de la Humani¬

dadyno hay que

mostrarse esquivo, hay que ser

muy

compasivo

con

toda calamidad; pero que de

estoávivir en un

continuo sufrir

y en un

constan¬

te temer,

diferencia debe haber

que

entre el llo¬

rary el

reir existe

un

término justo que no nos

quita el

disgusto

por

ajenos sufrimientos; pero ni

causa tormentos ni

impide vivir á gusto.

La vida á gozar

convida,

pero

con tasa y medi¬

da,y aunque

haga mucho calor, vive, querido lec¬

tor, quees muy

hermosa la vida.

S LF.t.NhULü,

lY VIVA UA ÜIBERTADI

Es unacalamidad

en verdad,carolector, queprediquen

libertad

con asombrosoimpudor aquelloscuya

osadía

pretende encontrar

los modos

paraejercersobre

todos

la mas rudatiranía.

¿Cómoha de

elevarse

un

zote

enquienno haymérito

alguno?

¿Quémedio

ha de haber? Solo uno

yesemedioesel

garrote.

Ese sistemapregona la terrouxistamesnada;

peroálasveces

la criada

suele hacerse respondona

y sale desus

casillas

ycastigaatrevimientos

conlosmismosargumeatos, perosobre otras

costillas,

pues escosa

lisa

y

llana

quesalgan

muchos menguados

molidosytrasquilados

cuandocreían ir porlana.

PoresoIglesias con tasa sueleusardelaosadía

ytiene la

valentia

parapasearsepor casa, porque

ir fieros á

pegar

ycargar con

la paliza.

(3)

Suplemento Ilustrado 467

Desembarque de los excursionistas mallorquines que recientemente visitaron

nuestra ciudad.

jvamos,esoescandaliza yeso esarchísíngular!

Ello esque enestaocasión (yen otras)se vanquedando

comoelgallo de Morón, sinplumasycacareando.

Y aunqueresultemuyfeo

y noles causeprovecho nadieles quita el derecho

deinocente pataleo.

Prontoveremosque van

agachando las orejas

yprontooiremoslas quejas

que lancesutriste afán.

Porque el pueblo altivoyfiero,

que porfin los conoció

yde sus mañassehartó,

leslimpiará el comedero Todo ásupaso se agosta;

por esonadieseasombre

de queaquíse les dé el nombre

depolítica langosta.

No seleocurreai más zote querer en esta ciudad imponer suvoluntad

por la fuerza del garrote.

Entonarel "yo pequé„

seríalo menosmalo,

porqueaquí alqueesgrime el palo le contestanconelpie.

Peder Spiegel.

La Banda de la Casa de Misericordia de Palma qae formaba parte de la expedición maliorquina.

(4)

468 El Diluvio

La Rabassada.—Fachada que da á la carretera de San Cugat del Vallés.

DE PASEO

—Elvira, ¿tehas

vestido ya?

—No, mamá.

—¿Pues qué haces?

—Estoy

zurciendo

una

media

que se le

ha ido

unpunto.

—Pues date

prisa

que son cerca

de las seis ¿Y

julita?

—Meestoy

lavando, mamá.

—¿Todavíaestás así? ¡Tienes una

calma!...

No sé á

quién habéis salido,

porque yo

tengo

unge¬

niocomo unapólvora.

Es decir, sí

que

lo sé: al

calzonazosde vuestro

padre,

que

necesita

para mover un

pie pedir

pe

miso

al

otro. Voy á

poner laensalada en agua yá

sacud

r

esta falda,

y

á

ver

r- ^

(5)

EL

DILUVIO ILUSTRADO La

aun

cerrados. la perra, que evidentemente era madre

del

cachorrillo, de instante no perdía vista ni un el rosado hociquillo los brazos de la Y que aparecía por entre mujer. fácilmente ésta se comprendía tenía de la que miedo perra instintivamente

y

que retrocedía le cuando el animal se demasiado. A acercaba deteníase la cada momento mujer tomar Sentóse instante para aliento. un se enjugó sudor y el frente; la

que

cubría su pero haciendo notó que miraban y, levantó

un

supremo esfuerzo, se y continuó su camino. ¿En dónde había ó Nadie encontrado comprada aquellos perros?

lo

Se habló de domingo luego sabía. de ello el al salir misa; todo se olvidó.

V La

de lo Pare¬ choza no podía miserable ser más que era. de decoraciones de

cía

las desarro¬ una esas teatro en que se

llan

los dramas Se de populares. componía una sala cuadra¬

da

de con tierra el suelo apisonada cubierto con una estera la fogón habla podrida, en cual sala un inmenso con una En enorme campana, una mesa y una silla. el rincón más tabla, sombrío, sobre una veíase un colchón y unas mantas.

Al

del lecho daba desvencijada á pie una puerta un corredor dos

con

á la huerta á salidas, una y otra un cuartucho que no luz tenía la más que que recibía por un agujero abierto en el techo libertad la lluvia y por el cual entraba con entera y el En había de la viento. este cuarto una cama paja; era pe¬ rrera.

La

Como llevaba mujer entró. la á cada ver que comida

los

horrible. Sin perros, sentía una angustia embargo, se en¬ llave; lo único brillaba cerró con que e i aquel cuarto triste la

y

sombrío era cerradura, una cerradura completamente de nueva y una solidez poco común.

Dejó

de en un rincón una cazuela sopa y esperó en actitud En sombría. bello, aquel rostro, aún muv muy puro, no se leíau ya mis del El sentimientos que terror el y el odio. la dulzura, habían amor, des.ipareoido Obser¬ para siempre. á los inmóvil. vaba perros

-iS

FLORILEGIO CUENTOS DE

Destourville durmiendo está bien de des¬ y me guardaré muy Si da pertarle. te á miedo tu volverte sola te casa, yo acom¬ basta pañaré... la lo y me quedaré contigo toda noche. Tu

que

son estas cosas... tiene pobre padre no sino pie¬ una

dra

del en el sitio dirá Lahuche ha deja¬ corazón no se y que

do

á la hija de sola No hay hablar; su compañero... más que

¿me

visto? Lahuche, Lo tío gracias. que —No, yo necesito es ver al Destourville; lo señor Ya necesito, ¿lo oye usted? compren¬ derá fuese usted que si hubie¬ no por una cosa muy grave no á horas

ra

venido estas y con este tiempo. ¡Abramel No de decir tengo puedo; orden á todo el mundo

-

que

el

señor está aún ausente. distinto; Lahuche, tío es

—Yo

ya sabe usted que para el Destourville señor Déjeme no soy «una cualquiera». entrar.

El

la portero se rascaba cabeza, visiblemente contra¬ riado. fin, que—dijo al y en su

—Es

voz se advertía una especie

de

cólera—, hija es que precisamente, ha dado mía, me esta orden tu Me ha dicho: 'Si por 'esa, despídala causa. viene bajo le usted; no he quiero verla ningún pretexto; escrito; todo Si está arreglado. dinero dirija necesita que se al se¬

ñor

Duport, le dará trancos.. el cual Añadió mil que si no lo hacia que me mandaba á se verla obligado ha¬ echarme, y treinta

ce

ya años que estoy en el castillo. verle. —Quiero todo inútil, hija Hazme es déjate

—Ya

mía. de caso ton¬ y Ese terías. hombre Coge bueno. los francos; no es mil co¬ dijo

mo

el Espera otro, algo es algo... un á bus¬ poco; voy

car

te mi capote y acompañaré...

II.

Cuando tío Lahnche el volvió, medio sofocado bajo un las enorme capote la y con orejas, el barbilla cuello y ocul¬

tos

por un tapabocas, buscó á Cristiana por más que la no encontró.

41

(6)

I-

L

DILUVIO

ILUSTRADO

El

demonio

son

las

mujeres—relunfuftó

el

viejo—;

no

hacen

más

que

tonterías

y

lueiío

lloran

cuando

ya es

dema¬

siado

tarde.

Me

gustaría

que me

contase

lo

que

le

ha

suce¬

dido

con

el

amo...

No me

parece

que sea

nada

bueno.

|Pero

prefiere

llorar

solál

Es

una

suerte

que

yo no

tenga

hijas...

pero

me

da

pena

el

pensar

que

se

queda

en la

calle...

Se

interrumpió.

Desde

el

otro

extremo

del

castillo

liega,

ban

los

furiosos ladridos

de

los

perros.

¡Qué será

eso?—se

preguntó—.

Todo

el

mundo

est"

acostad-.

Los

ladridos

eran

espantosos.

Asaltado

por una

sospecha,

Lahuche

aceleró

el

paso;

pero

la

nieve

era tan

espesa

que

no se

veía

el

camino

y

el

anciano tropezó muchas

veces.

De

repente

se

quedó

coiViO

clavado

en

el

suelo.

Los

perros habían

callado.

En

el

primer

piso

se

abrió

una

ventana

y

en

esta

ventana,

recort

ndose sobre

la

vivísima claridad

de

dentro,

apareció

Ivés

Destourville. En

voz

baja

interpelaba

á

alguien,

á

alguien

que

estaba

escondido,

porque

Lahuche

le

veia.

y

que

debía

de

hallarse

cerca

del

bosque.

El

portero

se

ocultó

en

la

sombra

de

una

cuneta

y

escu¬

chó.

Reconoció

la

vozdesuamo,

que

éste

se

esforzaba

ea

hacer clara

y

distinta,

aunque

seguía

diciendo

muy

quedo,

susurrando

casi:

-Vele...

No

quiero

escándalos...

Ya

te he

escrito...

con eso

debes

cont

ntarte.

.

no te he

prometid

>

natía...

¡Te has

figurado

acaso

que

íbamos

á

casarnos?

|Qué

ridiculez!

Va¬

mos,

vuélvete

á

tu

casa

y

déjame

dormir...

Voy

á

coger

un

enfriamiento...

—jlves,

Ivesl—suspiraba

la

voz

desesperada

de

Cristiana—,

no

sabes...

Si lo

supieras

no

me

hablarlas

asi...

Te

repito

que

tengo

que

decirte

una

cosa muy

grave,

muy

grave...

Maja,

ven

á

abrirme;

ó,

mira,

yo

tengo

aun

la

llave

que

da

al

huer¬

to...

Espera.

Lahuche

oyó

rechinar

una

cerradura,

luego

percibió

el

roce

de

una

falda

contra

los

arbustos,

pero

no

vió

á

nadie...

—Párate—amenazó

Ivés

-

ó

cierro

la

ventana

y

me

meto,

y

dejo

de

contener

á

los

perros

con

la

voz...

Hay

dos

nuevos

que

no te

conocen.,

¡Ten

cuidadol

Vuélvete

á

tu

casa.

Te en¬

viaré

á

Lahuche,

el

cual

te

explicará

lo

que

he

resuelto.

No

conseguirás

otra cosa

de

mi;

lo

he

jurado.

¡Votel

42

FLORILEGIO

DE

CUKNTO.S

IV.

En

un

pueblecito

muy

pequetto

vivia,

lejos

de

todos,

una

mujer

de la

cual

nadie

hubiese

podido

decir

si

era

joven

ó

vieja;

sobre

su

frente

caían

unos

mechones

grises,

pero

su

talle

era aun

esbelto

y

grácil.

El

suelo,

arenoso

é

ingrato,

de

aquel

pafs

producía

poco;

pero

la

mujer

encontró

vacia

una

minúscula

casita

aislada,

la

compró,

juntamente

con

el

huerto,

por

un

puñado

de

francos,

la

limpió

lo

mejor

que

pu do

y

colocó

en

ella

sus

muebles.

Unas

gallinas,

un

gallo,

al¬

gunos

conejos

y

una

cabra

hallaron

allí

un

asilo.

De

aquel

pedacito

de

terreno

debía sacar

la

desconocida

todo

lo

nece¬

sario para

su

subsistencia

y

trabajaba

desesperadamente,

sin

pedir

ayuda

á

nadie,

sin

hablar

con sus

vecinos,

muda

y

hosca.

Como

no

iba

nunca

á

misa,

empezaron

á

criticarla.

Debía

ser una

gitana

que

se

habría

separado

de su

cuadrilla

á

consecuencia

de

algún

mal

negocio.

Durante algunos

me¬

ses fué

granilsima

la

curio

idad

de

todos.

Luego,

como

los

trabajos

de la

primavera

absorbían

toda

la

actividad,

deja¬

ron

en

paz ála

forastera

y

nadie

se

volvió

á

ocupar

de

ella.

.Sin

embargo,

una

cosa

llamó

la

atención

de

los

vecinos.

Las

pocas veces

que

aquella

mujer

habla

recorrido

el

pue¬

blo

para

procurarse

los

animales

y

las

cosas

de la

casa

indis¬

pensables,

todos

pudieron observar

que

evitaba

cuidadosa¬

mente

á

los

perros,

los

cuales

parecían

inspirarle

una

especie

de

repulsión.

Porque

un

minúsculo

fa'derillo

quiso

un

dia

jugar

con

ella,

mordiéndole

las

faldas,

empezó

á

lanzar

gri¬

tos

de

terror

y

echó

á

correr

como

si el

mismo

demonio

la

persiguiera.

Esta

aventura

hizo

reír

mucho

á

los

chiquillos

y

desde

entonces

no

la

llamaron

más

que

la

mujer

de

los

perros.

Pero

el

estupor

fué

general

cuando

una

mañana

de

Abril

vieron

á

la

enemiga

de

los

canes

dirigirse

á

su

casa

con una

enorme

perra

de

ganado,

leonada,

con

las

ubres

colgando.

La

mujer

llevaba

á

aquel

animal,

que

tenia

los

ojos

inyecta¬

dos

en

sangre

y

un

aspecto

terrible,

atado

con una

fuerte

cadena

y

en

los

brazos

conducía

un

cachorrillo

con

los

ojos

47

(7)

suplemkmo Ilustrado

4/1

Vigta parcial del banqu te ccn que se c»lebró la apertura de La

Rabassada.

Doña Petra y sus dos hijas

están

ya

al

paseo

después de haber reñido cinco

v ees y

de haber

acariciado los brazosde ias hiñas con variospe¬

llizcos. Esti buena señora y sus

pimpollos

no

pierden ninguna tarde el

paseo aunque

las maten

y para e

las

esuna cosa

tan elemental

y

necesaria

como lavarsela caraó

ponerle cebolla al estofa¬

do. Dos vueltas por

el

paseo

de Gracia

y, ya

de

noche, tre;

vueltas

porl.s

Ramblas

y

ácasa. Y al

si estáisya

vestidas

paracuando

vuelva... ;Uf! No

puedoyo con

esta pachorra... ¡Cuándo llegará el

día enquacargue

alguno

con vosotrasy me

dejéis

en paz!...

No sé cómo tengo salud

con

lo frita

que

metenéis la sangre... No, no negáis la castapor parte

de padre,

porque en

mi familia hemos ardido

todasen un candil... ¡Bienseos pasea el

al

na por elcuerpo!

,mp!eAdos de las diierentes sa'as de recreo del

Casi

lO

de

Lg

Rabassada.

(8)

472

475

día

siguiente

lo

mismo,

hasta que

Dios

se

digne disponer

que

algún poIlQ trague el anzuelo

que contantoartecomo

perfidia

le

tiende doña

Pe¬

tra.

í; —Elvira,

ponte sonriente, que ya viene aquel militar retirado que nosconvidó á horchata la se¬

manapasada.

—Pero, mamá, ¡si puedeser mi abuelo!

—¡Calla,calia! Si es un hombre que está toda¬

víaen la florde la edad y no tiene

ni

una cana.

—Porquese las tiñe.

—Atí lo que te gusta es el mocoso de las de Bofill,que no tiene oficio nibeneficio, ni dospe¬

setas, ¿Verdad? ¡Va haríamos buena bodacon ese

tipo!... Noserá mientras yoviva...

—Pues yono quiero Viejos.

puede

pasarv = pero es ya

fan continuad e habremos de confesar

= que se va

haciendo pesada.

—Ni yo hambrientos... Julita, por

allí viene

aquel joven rubioque te miraba laotra nochetan¬

to en el cine...Dirígele unamirada melancólica.

—Yono sé hqceresas

miradas...

—Fíjate

en mí, pava...

¿Lo

ves? ¡Así! ¡Ah, si yo estuviera dentro de vuestro pellejo! Antesdeun mesya

había

pasadopor la

Vicaría.

¿Ves? Te mira y se

sonríe;

ponte interesante y

abanícate

con ciertoabandono... Másdespacio... Eso quiere

de¬

cir que sueñas, que acaricias un ideal... Se ha vueltoá mirarte dosveces... Sino fuerastan sosa este chicono se te escapaba...

Me

hubiera gusta¬

do que me hubierais vistoá mícuando tonteaba

con vuestro padre... Le

conocí

enel

Odeón^

me

pareció bien

y para que se

fijara

en mí le diun

pisotónen un callo... El

pobrecillo viójlas

estre¬

llas;pero se quedósonriendo yembobado... No creáis queera como ahora, con aquella

barriga

y aquella lupia en el cogote...Entoncesera

delgado,

esbelto,con un

bigote

que era una preciosidad,y hasta escribíaversos. Un día que se.mecayóel abanico lorecogióy escribió en él esta cuarteta-.

De losdorados pensiles donde reina la beldad son esas auras sutiles que ahora acarician tu

faz,

niña de los veinte abriles.

¡Ay

qué tiempos aquellos! De aquellos idilios á las

cataplasmas de

linaza que ahora le pongo

en losjuanetesya

hay díferiencia,

ya...

—Nos saludan lasdeMorrot, mamá.

¡Vayan ustedes

con Dios!

¡Recuerdos!

—¡Qué

feasyqué cursis Vanlaspobrecitas!...

Y el

noviazgo

dela hija mayorva siendo yade¬

masiado

largo...

Ya hace más de dosañosque los

Veo de cháchara... No estoyyo por relaciones

largas;

el hombre ó secuela pronto ó no se cue-

la.a.

Hay

camastronesde estosque se pasan toda la Vida en

noviazgos

con unas yconotras,sacan¬

do lo que pueden,yellos se quedantanfrescos y las

pobrecitas

hechas una lástima... Por supues¬

to, porque tropiezan con madres tontas, que con¬

migo los quisiera yover... Mira quésombrerazo lleva ladel teniente y qué ceñidava...

¡Qué

ma¬

nera de llamar la atención! Dios me perdone, pero esamujer parece una malacosa...La paga de unteniente noda para tanto...

Elvira,

¿te has fijado en aqueljoven

del

pantalón blanco?

Si

es

broma

(9)

474 El Diluvio

—¿otra vez, amigo

Lorroux? ¿Pero

no

qnedó cerrado el trato?

SI querido don Pepe, pero

á consecuencia de esos mismos tratos mis amigos de

Barcelona reciben cada paliza que les hace

cantar el miserere

.. ¡y

hay que indem¬

nizarles!

—IIlAhlll

—No, mamá.

—¡Hum!

No

séen

qué

vas

pensando; ya te ha

miradotres Veces... Míralo

haciendo

quj yo no lo noto y sonríete un poco con

dulzura... ¿Lo

Ves?Ya viene detrás... Pero ¿es que

Vosotras

creéis queyo me

impongo el sacrificio de saca¬

rostodas lastardes á paseo,

después d« estar trabajando todo el día

como

una negra, para que

luego

vayáis pensando

en

las musarañas?...

Aprended de la mosquita muerta de Teresina

Mullada, que

hace dos

meses

que Vino de San

Pol y ya le

han leído la primera amonestación...

Porquees

rica.

—Porque

es

más lista

que

vosotras, y eso que

es un coco la

pobrecita... Pero ¡vaya

un

gancho

que

tiene!

—Sí; el gancho de los tres mil duros de

su

do¬

te... Asícualquierase casa...

—¡Cualquiera

se

casa! Di,

ave

tonta, ¿qué do¬

te tenía yo?

La calle

para correry,

sin embargo,

á losveintiún añosyaestaba

casada.

—Pues

¿qué quieres

que

hagamos nosotras?

¿Vamos

á ir á

tirarles á los hombres de la cha¬

queta para que ms

miren?...

—Hacemos lo que

podemos.

—¡Sosas, másque

sosas! Ea,

vamonos

á

casa, quese mecarga

la pierna izquierda... El joven

del

pantalón blanco

ya

ha desaparecido... Otra

tarde

perdida... ¡Ay, San Antonio bendito! ¿Y

cuándome

quitarás

este peso

de encima? Y

en¬

tretanto el cernícalo de vuestro

padre

se

estará jugando al dominó t

n

tranquilo... ¡Ya tenemos

Puena cruz las

pobres madres!...

Y así termina todas las tardesel paseo de

do¬

ñaPetra y sus

hijas.

Fray Gerundio.

(10)

EL

ntLUVIO

ILUSTRADO hue¬ dan horror tourviile esas gentes que su marido—; me il feas.

len

son sucias mal que y y Pero Destourrille, tenia ambiciones con. que políticas, no testó con más sino con una sonrisa equívoca, estrechando Estaban la fuerza de terraza talle su mujer. en en prime¬ el de los llorones fila, las luces de bengala, resplandor

ra

y el los iluminaban de lleno.

de

las

y

ruedas, los inten¬ bien mucho quererse parecen -decían —Pues cionados. lo s otros. —Pamplinas...—respondiaii la linde d á la de Alejada de bosque, todos, en el sombra la de

los

tapada stida negro, enormes abetos, una mujer, ve los dejaba que ojos, mantón que ver más cabeza con un no

de

grises, tristeza algunos mechones mira, una sombría, y de

ba

la

á

entre el esplendor pareja enlazada, que so arela

los

fuegos artificiales. la frente

La

temblorosa y mano mujer se pasaba por una de Se tronco tras un el

se

estremecía al menor ruido. ocultó árbol. de

Era

temor Cristiana que no tenía por qué abrigar el y hubiese

la

que aquella podido adivinar reconociesen. ¿Quién la de huraña, y con ca¬ encorvada, andar vacilante criatura blanco había liona de le beza puesto el pelo en canas—se hacía de cinco meses, una

una

sola noche espanto—, era, linda? Cinco de tísicos, ágil y meses sufrimientos muchacha habían á de torturas convertido una morales cinco meses lamentable joven, llena de rui¬ en aquella mujer esperanza, humana.

na

la á Ivés á terraza Cristiana en y esta su mujer miraba y doloroso la hacia pla¬ cruel experimentar un contemplación á A los luego los abrir y cerraba párpados, volvía cer. veces de ávidamente, convencerse que aquello como para miraba la Y la horrible, espantosa realidad. sino

no

era un sueño, balbuceaba: pecho

sus

manos se crispaban en su y llegará me mi vez;.. paciencia; ya —Paciencia, la de los bailaban

Y

en pradera que

si

alguno aldeanos los á bajo hubiera á sola, media noche, visto aquella mujer hubiese hu¬ árboles sombríos, se santiguado, corpulentos de de la bruja ver el murmurando que acababa yendo y del mal. genio

46

FLORILEGIO

CUENTOS DE

Lahuche vió

á Cristiana

bajo el

balcón; tenia

las manos de bocina:

á

manera lo desde puesto que asi quie¬ aquí, me escucharás —Ivés, á Ivés... madre! ser jvoy res... Luego carcajada.

Un

silencio. una corto Ese triquiñuelas. No, es el no me vengas con esas [Ah! da tra¬ buen se resultado sino cuando y no recurso clásico decirme? lo tenías imbécil. todo que de es que

ta

¿Eso un —|Ivesl fuese En hay el pueblo muy verdad... aunque además,

—Y,

buenos ¿Acaso yo?... mozos. de bruces. había Cristiana

No

caído acabó. las levantó, la y cor' estaba cerrada Cuando ventana se á los perros, en aquel mismo momento pero tinas corridas; la del se preci¬ respeto voz amo,

los

en mantenía que ya no de la joven la la Uno á y garganta saltó sobre ella. pitaron brazo. la derribó; el mordió cruelmente el otro Lahuche—. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!—gritó —¡b'uera! á que sujetaba

Al

tiempo se arrojó sobre el perro mismo lo hasta Cristiana í¡ó collar y retorció cuello, co el por el El su presa. otro perro, ahogado, soltó animal, medio

que

el Este feroz, había huido acercarse al anciano. al ver menos donde le hasta llegar á la perrera, en en¬ al mattin, sujetó cerró. En á torno

La

joven suelo. su cabeza caída en el seguía la de Lahuche la teñía derecha se rojo.

á

nieve

y

su mano Sacó desmayada, tal su pañue¬ levantó; vez... muerta estaba Luego, á Cristia¬

lo

él herido. cogiendo cuello vendó con el y di¬ á hubiera niña, se brazos coger una podido como

na

en luz. No Al balcón. habla al pasar miró rigió su casita. :i inanimado dejó

Una

sobre el el cuerpo su cuarto, vez en llamó á los latidos del su mujer. corazon y escuchó sofá, la tú, Bautista? ¿Eres vieja—, pasa?—gimió —¿Qué —Si. contigo? está ahí —¿Quién Está herida. Jorancier. la hija de —Cristiana, Dios miol posible. —¡Es Levántate Ve á buscar tra¬ de pronto. charla. —Basta date Hay hacer ¡Pronto, prisa! pos. que unas vendas.

La

á silenciosamente, se apresuró vestirse, sin pre¬ vieja guntar más.

43

(11)

KL

DILUVIO

ILUSTRADO

Tras

los

primeros cnidados

que

los

pobres

viejos

pudieron

prestar

á

la

joven,

Lahucbe

pidió

una

manta

grande,

envol¬

vió

en

ella

á

Cristiana,

que

seguia

desmayada,

y

la

cogió

en

brazos.

—¡Abreme,

mujerl

—Pero,

¡Jesiísl

¡A

dónde

vas

á

media noche

con esa

cria¬

tura?

¡Esnera siquiera

á

que sea

de

dial

Lahucbe, mientras

estudiaba

el

medio

de

llevar

lo

más

cómodamente

posible

el

cuerpo inerte, volvió

hacia

su

mujer

su

rostro

contraído

por una

rabia

impotente.

—Si

la

dejase

aquí,

mañana

nos

echarían

á

nosotros.

Y

ya no

tenemos

edad para

encontrar

otra

colocación.

Abre,

te

digo,

y

no

me

preguntes

nada.

Cuando

la

deje

en su

casa

iré

á

buscar

al

médico

y

estaré

de

vuelta

al

amanecer.

Dicho

esto,

se

marchó.

Por

su

rostro

resbalaban

las lá¬

grimas,

que

no

podia

enjugar.

III.

En

el

castillo

de

Oestourvtlle

hay una

gran

fiesta.

A

las

doce,

el

cortejo,

de

vuelta

de la

iglesia,

había

atra¬

vesado

el

pueblo

para

dirigirse

al

castillo.

Según

costum¬

bre del

pais,

cuatro

niños

vestidos

de

blanco

llevaban

la

cola

á

la

novia.

Porque

Ivés

Destourville

se

casaba.

Los

aldeanos,

parados

en

el

camino,

miraban

pasar

la

pareja.

Las

aclamaciones

no

eran muy

entusiastas;

pero,

en

cambio,

el

recién

casado,

que

no

gozaba

de

grandes

simpa¬

tías,

recogía

á

su

paso

numerosas

miradas

de

odio.

Se

mos¬

traba

muy duro

cuando llegaba

la

época

del

cobro

de

las

rentas

y

los

colonos

le

aborrecían.

Desconocía

la

piedad

y

la

bondad

la

consideraba

una

tontería.

La

novia,

delgadísi¬

ma, con

la

nariz

ganchuda

y

los

ojos

hundidos,

se

apoyaba

pesadamente

en

el

brazo

de su

marido,

procurando

disimu¬

lar

un

ligero

delecto

que

se le

notaba

al

andar;

arrastraba

un

poco

la

pierna

derecha.

—Se

conoce

que

de

llevar

á

cuestas

sns

millones

se ha

cansado

la

pobre—dijo

burlonamente

un

aldeano.

44

FLORILEGIO

DE

CUENTOS

—Ahora

si

qne

es

cosa

de

decir

que eso

no

le

ha

servido

para

tener

buenas

piernas—observó

otro.

Y

todos

rieron.

Pero

en la

gran

pradera

del

castillo

la

alegría

era

gene¬

ral,

En

aquella

tierra

tan

pobre

las

ocasiones

de

beber

y

de

comer

son

raras.

Y

aquellas

gentes

se

regocijaban

como

cuando

antiguamente

mandaban

los

reyes

de

Francia

repar*

tir

vino

7

embutidos

à

sus

subditos.

Los

súbditos

de

Destour'

yille

se

instalaron

alrededor

de

las

mesas

colocadas

en la

pradera.

Había

trescientos

cubiertos.

Comieron

pollo,

man¬

jar

que

constituye

un

lujo

fabuloso

para

aquellos

palurdos;

hubo

también

macarrones,

que

les

inspiraron

cierta

descon¬

fianza, porque

nunca

los

habían

comido.

"¿En

dónde

se

cria¬

esto?

¡Tal

vez sea

en

Aírical,,

Pero, sobre todo,

lo

que

hi*

cieron

fué

beber

de

una

manera

disparatada.

La

cosecha

había

sido

buena

y

Destourville

pudo

mostrarse

generoso

mandando desfondar

algunas

barricas.

Una

vèz

convenien,

temente

humedecidos

los

gaznates,

los

comensales

entona,

ron

las

alabanzas

del

castellano

y

de

la

castellana.

Cantaron canciones

á

grito

pelado

y

pronunciaron

infinidad

de

brindis.

El

tío

Hycquebrenqne,

que

tenía

noventa

y

tres

años

y

que

estaba

más

borracho

que

los

mozos,

dijo,

en

broma,

que

to¬

dos

los

años

debía

casarse

el

señor

del

castillo.

Por

la

noche

centenares

de

farolillos

lucían

entre

los ár¬

boles.

La

fiesta debía durar hasta

las

doce.

Corría

el

mes

de

Mayo

y

el

ambiente

era

primaveral.

Entre

los

árboles

habían

instalado

una

gigantesca

cantina

y

bailarines

y

bailarinas

acudían

á

ella

á

refrescar

copiosamente

después

de

haber

bailado

llevando

mejor

ó

peor

el

compás.

Desde

la

terraza

los

recién

casados

y

sus

invitados

presen¬

ciaban

los

regocijos

populares

y

los

fuegos

artificiales

con que

terminaron.

Ivés

Destourville

tenía

enlazada

por

el

talle

á

su

mujer,

que

se

abandonaba

con una

sonrisa

de

circuns¬

tancias.

La

multitud

se

agolpaba

en la

pradera,

porque aquella

no-

c e

solemne entraba

en

el

parque

todo

el

que

quería.

Cuando

se

oyeron

las

primeras

detonaciones

de

los

cohetes aumen¬

taron

las

apreturas,

tanto

más

cuanto

que

hablan puesto

una

cuerda

que

mantenía

á

los

aldeanos

á

distancia.

—¡Qué

buena

ocurrencia

has

tenidol—dijo

la

señora

Des-

45

(12)

Suplemento Ilustrado 477

Sera ácambiar el nombrede laCasadel Pueblo.

Enbreve sellamaráMansión delbajá Ben-Y-Taru- ga-Lerroux.

Lanoticia deestecambio ha sidoacogidacon en¬

tusiasmopor la tarregadadel lerrouxismo, que de¬

sea ver sancionadas sus salvajadas con un acto oficial

Pordeprontoya no sepuede pasar porlosterre¬

nosdel nuevo bajá sin ex¬

ponerse á ser injuriado y basta apaleado por losin¬

dividuos dela almofalla de Ben-Y-Taruga-Lerroux.

Un republicanono le- rrouxista que se atrevióá

aventurarse por aquellas cercanías fué maltratado de palabra por un nume¬

rosogrupo de marroquíes

yescapó con pies porque

un notable interpuso sus influenciasá favor deél.

Noestá mal que los le-

rrouxistassepresentental cualson.

¡Yaera hora deque se

quitaran el antifaz!

Y sólo faltaque esos lerrouxistas militantes cambien la ropa europea poreljaique yel turbante.

*

*

Hasta ahora San Cristó¬

bal habiapasadoporel más corpulento gastador de los ejércitos celestiales. Ange¬

les, arcángeles, serafines

yvírgenes, sobre todo las vírgenes, se hacían len¬

guas desu arrogantepre¬

sencia, de susgigantescas proporciones, de sus fuer¬

zas hercúleas... Perosele haocurrido al párroco de

laiglesia deSan Cucufate relegarle á segundo lugar

ylo ha conseguido.

El párroco ha colocado

enel mentado templo una

imagen de San Cucufate

de másdeonce palmosde altocon un rotuito enci¬

maasegurandoqueestees el tamaño natural del santo.

Y, ¡claro!, en las altas regiones, por no dejar en mal lugar al atrevido es¬

crito, han tenidoquehacer

crecer á prisa y corriendo

áSan Cucufate.

¡Vayaunacaritaque ha¬

brá puestoSan Cristóbal al

verse deshancado por su compafiero!

Queseprepare elcurita sivaal cielo.

Deuna zurradeCristóbal

nole libra niSanPedro.

s, qu

jaron indelebleshuellas en suropa

interior,

le saca desuscasillas.

Elhombrecomprendeelridículoquecorrióycada línea quetrata de aquellos sucesosle hace asomar

los coloresal rostro.

¡Lo cualenIglesias Ambrosioesmucho!

Los artículosde El PrO' gteso sobre la "semana

trágica, tienen la virtud deponer nervioso á Emi¬

lianoIglesias.

En derribar á esospobres

densueatran un gran empeño.

—¿Cumplen mal?

No;esquedesean dar plaza á sus oabileños.

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