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Agricultura comparada

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Agricultura comparada

Hubert Cochet

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Hubert Cochet. Agricultura comparada. Universidad Autónoma de Chapingo; Quae, 208 p., 2016. �hal-01587805�

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Agricultura comparada

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Agricultura comparada

Hubert Cochet

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índice

Introducción

Primera parte. Un acercamiento teórico a la agricultura comparada

Capítulo 1. La agricultura comparada, propósitos y desafíos

El desarrollo agrícola, propósito de la agricultura comparada Los desafíos de la agricultura comparada

Capítulo 2. Hacia los orígenes de la agricultura comparada, el legado de

René Dumont

Orígenes de la agricultura comparada Comparar para poder mejorar

Una renovación determinante para la agronomía y la economía agrícola

El regreso al campo, un antídoto para las desviaciones teorizantes

Capítulo 3. El “sistema agrario”, un concepto integrador de la

agricultura comparada

Origen y desarrollo del concepto de sistema agrario Escalas y fronteras

Sistema de producción, sistema de cultivo y sistema de ganadería

Combinación de escalas de observación, de análisis y de comprensión

Entre las ciencias de la vida y las ciencias sociales, una posición ambigua del “sistema agrario”

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Capítulo 4. Un acercamiento diacrónico a los sistemas agrarios ¿Qué es una “revolución agrícola”?

Crisis agrícola, crisis del sistema agrario

Agricultura comparada: “crisis” y “revoluciones” agrícolas

Comprender el cambio en el tiempo para identificar mejor los

procesos a promover

Capítulo 5 Comparar los procesos productivos a escala mundial

Diferencias de productividad a escala mundial y sus consecuencias en el desarrollo

¿Qué formas de agricultura promover?

Segunda parte. Los Métodos y el saber hacer (“savoir-faire”) de la agricultura comparada

Capítulo 6. Un acercamiento microrregional a las cuestiones agrarias

La pequeña región agrícola: objeto privilegiado de análisis en términos de sistema agrario

Leer el paisaje

Capítulo 7. Trabajo de campo y recopilación de información (entrevistas

y encuestas)

Ser uno mismo quien realice la recopilación de información (entrevistas y encuestas) y obtener a la vez datos cualitativos y rigurosamente cuantificados

Saberes de arriba y de abajo..., romper las jerarquías implícitas Herramientas, máquinas y movimientos: tecnología de la agricultura y problemática de la innovación

Capítulo 8. Historiar la agricultura comparada

Un problema de fuentes

Encuestas históricas en la agricultura comparada

Capítulo 9. ¿Cómo construir las tipologías de explotaciones agrícolas?

Breve esbozo de los métodos tipológicos

Para una identificación previa de los sistemas de producción

Tomar en cuenta las modalidades de acceso a las fuentes Explicar la diversidad

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Conjugar el enfoque económico con los procesos técnicos

Una economía de la producción agrícola aplicada a escala del sistema de producción

El agricultor, ¿Homo oeconomicus? Capítulo 11. La agricultura comparada y su evaluación

La evaluación sistémica de impacto

La evaluación económica de los proyectos de desarrollo desde una perspectiva de interés común

Conclusión

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i

ntroducción

La cuestión agrícola y alimentaria mundial forma parte de los grandes retos a los que se enfrenta la humanidad y ante los que será confrontada en las próximas décadas. ¿Cómo nutrir el planeta? ¿Cómo nutrirse en el planeta? ¿Qué procesos productivos habrá que llevar a cabo para dirigirnos progresivamente hacia tipos de agricultura que aseguren una producción alimentaria suficiente y de calidad, que preserven los ecosistemas explotados y a sus habitantes, que sean creadores de empleos e ingresos, y que contribuyan a reducir las desigualdades en los niveles de vida que tanto se han acentuado en las últimas décadas? Para intentar responder y aclarar, en la medida de lo posible, estas interrogantes es necesario más que nunca la presencia de los responsables y la comparación de las múltiples formas de agricultura existentes en cada región o país. No obstante, esta comparación debe realizarse no solamente con base en los criterios de estructuras accesibles al investigador gracias a los aparatos estadísticos. Debe basarse en los procesos vigentes, en las trayectorias pasadas y actuales, y en sus modalidades de diferenciación. Debe contribuir a explicar tales procesos de evolución y a darles sentido. Debe permitir, en suma, la comparación de sus resultados en materia de producción cuantitativa y cualitativa, en materia de creación de riqueza e ingresos, así como en materia de conservación y creación de empleos, todo ello desde la perspectiva, asimismo, de las formas de artificialización de los ecosistemas y sus consecuencias.

La agricultura comparada se aboca a esta tarea. Tras finalizar la

Segunda Guerra Mundial, René Dumont introdujo esta disciplina en el Instituto Nacional Agronómico de París como un enfoque global y pluridisciplinario para el estudio de la agricultura. Desde entonces, Dumont enfatizó la importancia que había que dársele a las condiciones económicas, sociales y políticas del desarrollo agrícola. A partir de esas lejanas premisas y teniendo como base este enfoque renovado de la agricultura, la agricultura comparada

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se nutrió poco a poco de conceptos originales y adaptados a su propósito y, de manera paulatina, se constituyó completamente como una labor científica.

Al seno del Departamento de ciencias económicas, sociales y de

gestión del Instituto Nacional Agronómico de París-Grignon (ina p-g, por

sus siglas en francés), que posteriormente se incorporaría al AgroParisTech o Instituto de París de Tecnología para las Ciencias de la Vida, la Alimentación

y el Medioambiente, la Unidad de Formación e Investigación (ufr, por

sus siglas en francés) “Agricultura comparada y desarrollo agrícola” actualmente se encarga de formar agroeconomistas capaces de aprehender las transformaciones históricas y contemporáneas de las agriculturas del mundo, con el objetivo de permitirles formular, administrar y evaluar los proyectos, programas y políticas de desarrollo agrícola, adaptados a cada situación. Asimismo, contribuye a la formación de practicantes e investigadores capaces de asimilar tanto los aspectos técnicos, como económicos y sociales del desarrollo agrícola, capaces de contextualizar con un espíritu crítico el aspecto técnico en el conjunto del aspecto social.

La presente obra tiene como ambición presentar ese enfoque de la agricultura, sus conceptos y métodos particulares. Es un trabajo de reflexión sustentado por veinticinco años de práctica, de investigación y docencia nutridos en diferentes regiones latinoamericanas (México, Centroamérica, Los Andes), africanas (Burundi, Etiopía, Sudáfrica, Costa de Marfil, Guinea, Sierra Leona), en menor medida, asiáticas (Laos, Vietnam) y, asimismo, francesas y europeas (Ucrania). Esta reflexión se inspira principalmente en veinte años

de trabajo en equipo al interior de la ufr “Agricultura comparada y desarrollo

agrícola”, y le debe mucho a los intercambios y trabajos de campo realizados con mis colegas, a quienes agradezco aquí afectuosamente. Por tanto, se trata de una reflexión personal, comprometida, en ocasiones provocadora, siempre imperfecta e inacabada, y en muchos aspectos contradictoria. Espero que en el futuro ésta pueda complementarse y nutrirse principalmente de las reacciones que pueda suscitar en los lectores.

El libro está organizado en dos partes: la primera se centra en una reflexión teórica sobre la agricultura comparada. Presenta en primer lugar la noción de “desarrollo agrícola”, objetivo de la agricultura comparada, pero al que se le da, como lo veremos en el primer capítulo, una dimensión endógena. Enseguida se mostrará cómo, a partir del trabajo germinal de

Dumont a mediados del siglo xx, este enfoque de la agricultura poco a poco

se fue forjando y consolidando mediante una forma de proceder más cercana al campo y manteniendo cierta distancia respecto a los enfoques teóricos del desarrollo vigentes en esa época, sobre todo, tras las independencias africanas (cap. 2). Luego, los grandes desarrollos se vincularán al concepto de sistema

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agrario, un concepto integrador entorno al cual se conformó poco a poco

la agricultura comparada (cap. 3). No sólo se explorará el origen de este concepto y sus evoluciones, sino también las cuestiones surgidas en cuanto a la escala espacial de su aplicación, así como las dificultades para emplearlo en determinadas situaciones. Se analizarán a detalle los subsistemas que lo constituyen, particularmente el sistema de producción, tomando en cuenta que es precisamente la combinación de diferentes escalas de observación y análisis lo que da al concepto de sistema agrario su eficacia. En el capítulo 4 se abordará el enfoque diacrónico de los sistemas agrarios y particularmente la importancia de introducir las nociones de “revolución agrícola” y de “crisis” para aprehender y comparar el transcurso de las transformaciones agrarias, El enfoque sincrónico de los sistemas agrarios se presentará en el capítulo 5, y junto con éste la importancia de un enfoque comparativo de los procesos de producción, de sus evoluciones y sus diferenciaciones a escala mundial.

La segunda parte está dedicada a los métodos y procedimientos prácticos, el saber-hacer (“savoir-faire”) de la agricultura comparada. Si bien la agricultura comparada está encabezada sobre todo por agrónomos y agroeconomistas puesto que requiere de un amplio bagaje agronómico específico, esta disciplina requiere asimismo de otros saberes y conocimientos especializados propios a otras disciplinas de las ciencias sociales. Primero se tratará la desición de abordar las cuestiones agrarias a escala microrregional y la importancia de realizar una lectura cuidadosa del contexto en el que se inscriben las actividades agrícolas y ganaderas (cap. 6). Posteriormente, se presentarán los métodos de investigación para recopilar información de campo (entrevistas, observaciones y encuestas) llevadas a cabo en la agricultura comparada (cap. 7) y junto con ellos la necesidad de establecer un verdadero diálogo de conocimientos entre científicos y agricultores, despojado totalmente de prejuicios que lleven implícitos juicios de valor. En el capítulo 8 se abordará el método histórico correspondiente a la agricultura comparada, método que muestra el lado bueno de las conversaciones sostenidas con los propios productores. Se presentará en el capítulo 9 la cuestión referente a las tipologías de explotación agrícolas, herramientas indispensables para la comprensión de la realidad, pero que hay que manejar con tacto. Al respecto, se insistirá en la importancia de servirse de la lectura previa del paisaje y del enfoque histórico para identificar de manera adecuada los sistemas de producción que habrá que estudiar. El capítulo 10 se centrará en el enfoque económico desarrollado a partir de la escala del sistema de producción. Los resultados económicos del sistema de producción, por un lado, se entienden como resultados de su funcionamiento técnico y, por consiguiente, jamás se analizan aislados de éste; y, por otra parte, como resultados de las modalidades

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de acceso a los recursos propios de cada categoría de productores, así como a partir de las condiciones de los precios relativos en las que se inscriben. La cuestión de evaluación se abordará en el capítulo 11. Los métodos y técnicas (“savoir-faire”) desarrollados en la agricultura comparada podrían resultar eficaces para identificar y medir de manera más real el impacto diferenciado en los productores y los sistemas agrarios, de los proyectos y políticas de desarrollo.

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PRIMERA PARTE

Una aproximación teórica a la agricultura

comparada

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Capítulo 1

La agricultura comparada, propósitos y desafíos El dEsarrollo agríCola, propósito dE la agriCultura Comparada

La frase “desarrollo agrícola” se presta a confusiones o por lo menos a múltiples interpretaciones. La más difundida se refiere al desarrollo como un proceso de modernización de la agricultura, llevado a cabo en gran parte gracias a la introducción y propagación, mediante agentes de desarrollo, de material biológico y medios de producción obtenidos de la investigación y la industria. Esta concepción se puso particularmente en boga en Francia durante los años dorados del capitalismo, en una época donde los organismos públicos, parapúblicos, cooperativos o sindicales, reemplazados a nivel local por el suad1 y el ceta2, “se encargaron” del desarrollo

en el ámbito de la cogestión de la agricultura francesa que se implantó después de las Leyes de Orientación Agrícola de 1960-1962. Podría decirse que este movimiento general culminó con la organización de los Estados Generales del Desarrollo Agrícola en la primavera de 1982, tras la victoria de la izquierda, antes de su posterior declive. Más al sur, la multiplicación de operaciones y proyectos de desarrollo en los países que se consideraban precisamente “en desarrollo”, particularmente en el marco de la revolución verde, correspondía a la misma concepción de esta frase y del proceso, excepto por lo de cogestión...

Tanto en el norte como en el sur, la participación de

1 suad: Servicio de Utilidad Agrícola para el Desarrollo. 2 ceta: Centro de Estudios Tecnológicos Agropecuarios.

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los agricultores en el desarrollo pronto se manifestó como la condición sine

qua non del desarrollo que, al no estar contemplada, se convirtió en el principal

factor limitante. Por tanto, si la participación de las poblaciones se convertía en un obstáculo para el desarrollo ¿acaso no era porque desde un principio se concebia al desarrollo como algo que venía de otra parte, de arriba, de afuera? De tal modo que la palabra desarrollo, en su sentido más estricto, sólo se refería a las operaciones de vulgarización agrícola, al sector de desarrollo, y a las categorías socioprofesionales responsables del desarrollo: agrónomos,

técnicos, extensionistas...3 Los objetivos y los procesos se olvidaban—lo cual

era muy fácil ya que los efectos de este desarrollo por lo común tardaban en hacerse sentir— en beneficio de la estructura encargada del desarrollo y de su organigrama. Por tanto, el significado de “desarrollo”, paradójicamente, se acercaba más al sentido más alejado de la agricultura comparada y en ocasiones se empleaba en el ámbito de la mercadotecnia donde desarrollo significaba: revestir un producto para su venta.

Por el contrario, son considerables los esfuerzos que se han hecho para intentar unir en un fin común, investigación y desarrollo, principalmente en las iniciativas de investigación-desarrollo e investigación-acción llevadas a cabo a partir de los años ochenta en diferentes países4. Prueba de ello es la

considerable producción científica en materia de “desarrollo” tanto al norte como al sur, la cual será imposible de analizar en esta obra.

La palabra “desarrollo” adquirió un sentido más amplio en la época en que se especializó la economía del desarrollo, como una disciplina científica, en el estudio del subdesarrollo y de los medios a emplear para salir de este. Las teorías económicas del desarrollo —financiamiento de la transición, tesis desarrollistas, teorías de la dependencia— dieron mucho de qué hablar en el revuelo de las independencias africanas, antes de que los campos específicos de la economía del desarrollo (principalmente, el subdesarrollo) fueran masivamente investidos por la economía neoclásica y sus recientes desarrollos dieran cuenta de las “imperfecciones del mercado” y las “asimetrías informacionales”. El desencanto que siguió al entusiasmo y la esperanza de los primeros años de post independencia, la pérdida de credibilidad de los grandes paradigmas del desarrollo y, finalmente, el rotundo fracaso de proyectos y programas de desarrollo en el Tercer Mundo

3 En lengua anglosajona, el equivalente de “desarrollo” [agricultural] es extension o bien extensión agraria.

4Guichaoua y Goussault, 1993, p. 53-59. Varias de estas iniciativas fueron obra de agrónomos “del desarrollo” involucrados directamente en un proyecto de agricultura comparada o muy cercana a ésta, por ejemplo en la meseta de Salagnac en Haití, o en las colinas de la región central de Nepal (Bergeret y Deffontaines, 1986). Respecto a la investigación-acción, véase también la

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prepararon un terreno favorable para las discusiones radicales de la propia idea de desarrollo, el cual era entendido como un nuevo imperialismo del pensamiento occidental, destructor de las identidades y las culturas locales. Después de todo, ¿para qué engañarse en financiar cualquier tipo de proyecto si sus balances son irrisorios, por no decir calamitosos ¿’?, cuando la gente del campo ni siquiera tiene necesidad de agrónomos, economistas, geógrafos y toda esa clase de expertos? ¿Comenzó el “post desarrollo” como solemos escucharlo? ¿O habría que darle definitivamente la vuelta a la página del desarrollo5?

Si el “desarrollo agrícola” es, el principal propósito de la agricultura comparada, entonces será necesario ante todo precisar, entre la confusa gama de concepciones posibles, la definición que conservaremos y eliminar así los

“fantasmas del lenguaje”6. En vez del sentido más común y que reduce el

proceso de desarrollo a acciones voluntarias dictadas por los poderes públicos,

las comunidades o las ong, y a sus efectos, preferimos un concepto más

abarcador: el de un proceso general de transformaciones de la agricultura,

inscrito en el tiempo, y cuyos elementos, causas y mecanismos pueden ser de origen endógeno y el fruto de diferentes aportaciones, contribuciones o innovaciones exógenas a la vez. Esta concepción evidentemente es mucho

más rica y compleja que la del conjunto de efectos deseados o reales de los proyectos, programas o políticas adoptadas que además intentan torcer el sentido del desarrollo agrícola, a fortifiori mucho más vasto que el simple organigrama de los servicios que se dicen “de desarrollo”.

A manera de ejemplo, el conjunto de transformaciones de la agricultura

que caracterizó la revolución agrícola de los siglos xviii y xix en Europa

occidental (la introducción del sistema de barbecho con plantas escardadoras y cultivos forrajeros, desarrollo e intensificación de la ganadería, aumento del rendimiento de la producción de cereales) representó un auténtico proceso de desarrollo, tal y como lo entendemos en la agricultura comparada. Asimismo, los cambios producidos en la agricultura de Burundi y de Ruanda a lo largo

del siglo xviii, mucho antes de la colonización (generalización de las plantas

de origen americano, modificaciones en los sistemas de cultivo y cambios radicales en el calendario de trabajo de los agricultores, escalonamiento de las cosechas y mejora sustancial de la alimentación, duplicación de la productividad del trabajo, etc). constituyeron un verdadero proceso de

desarrollo agrícola, en todo el sentido de la palabra (infra).

Sin alcanzar a mostrar la importancia de las transformaciones, antes

5 Como lo propuso sin matices Serge Latouceh (2001).

6 Es una expresión de Philipper Couty a propósito precisamente del “desarrollo” (1981). Otro fenómeno que nos acecha actualmente: el “desarrollo sustentable”.

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mencionadas, que por su alcance constituyen lo que nosotros llamamos una revolución agrícola (infra):

el desarrollo agrícola puede definirse como un cambio progresivo del proceso de producción agrícola orientado hacia una mejora del medio cultivado, de las herramientas, de los materiales biológicos (plantas cultivadas y animales domésticos), de las condiciones de trabajo agrícola y de la satisfacción de las necesidades sociales (Mazoyer, 1987).

Tal es el propósito de la agricultura comparada. El hecho de que este proceso pueda considerarse como progresista en una primera acepción del término o que, por el contrario, traduzca una degradación de los elementos que lo constituyen. Y es justamente sobre la base de un estudio profundo de estos procesos de desarrollo, de esos aspectos tanto progresistas como regresivos y contradictorios que se puede analizar de manera crítica lo que se ha hecho en el pasado y lo que se está haciendo actualmente en materia de “desarrollo” (esta vez, en el sentido estricto del término) y que se pueden vislumbrar nuevas propuestas. El estudio y la medida del impacto, en el sector agrícola, de los proyectos de desarrollo y de las políticas agrícolas encontró así su lugar y su perspectiva dentro de la agricultura comparada.

losdEsafíosdElaagriCulturaComparada

Tras haber acotado el propósito de la agricultura comparada, será más sencillo definirla y presentar sus principales desafíos. Para Marc Dufumier, se trata de “comprender las realidades agrarias para cambiar el rumbo del desarrollo agrícola” (1996a), esta definición engloba dos dimensiones de la agricultura comparada, una cognitiva, cuyo reto es la producción de conocimientos para una mejor comprensión de los procesos en curso, y otra, más empleada, cuyo principal objetivo es contribuir en la elaboración de proyectos, programas y políticas de desarrollo que puedan modificar el curso del desarrollo agrícola en aras del interés común. Al desarrollar estos dos fundamentos de la disciplina, Marc Dufumier escribió por una parte:

[La agricultura comparada] busca hacer inteligibles los procesos históricos a través de los cuales se ha llevado a los diversos sistemas agrarios mundiales a evolucionar bajo la doble dependencia de las condiciones ecológicas y las transformaciones socioeconómicas. Ésta presenta y desarrolla el marco de referencia teórico que permite contextualizar cada una de las realidades o situaciones

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agrarias particulares en sus perspectivas históricas, en relación y en comparación con un movimiento más general de diferenciación de los sistemas agrarios en el mundo (1996b, p. 303).

Por otra parte, precisa:

[El principal desafío de la agricultura comparada es el de] es concebir la creación de las nuevas condiciones agroecológicas y socioeconómicas para que los diferentes tipos de explotadores cuenten con los medios para poner en marcha los sistemas de producción más adecuados para el interés general y para el propio. Ello supone un conocimiento relativamente fino de los elementos agroecológicos y socioeconómicos sobre los cuales es conveniente intervenir de manera prioritaria para modificar el comportamiento de los agricultores y el futuro de sus sistemas de producción. (1996a, p. 927).

En la edición de 1989 del Grand Larousse Universel, Marcel Mazoyer asimismo escribió sobre el artículo de la “agricultura comparada”: “La agricultura comparada se dedica a descubrir las condiciones de un desarrollo adaptado a cada situación y que sea viable, es decir, reproductible”, un desarrollo agrícola “sustentable”, como lo veremos más adelante, aunque este término aún no se usara en aquella época.

La agricultura comparada se dedica a construir:

un corpus sintético de conocimientos que explique los orígenes, las transformaciones y el papel de la agricultura en el devenir del hombre y de la vida, en las diferentes épocas y en las distintas partes del mundo; un corpus de conocimientos que pueda a la vez adaptarse a la cultura general y representar una base conceptual, teórica y metódica, para todos aquellos que tienen la ambición de participar en el desarrollo agrícola, económica y social (Mazoyer y Roudart, 1997b).

La agricultura comparada es, por tanto, la ciencia de las transformaciones y las adaptaciones de los procesos del desarrollo agrícola. Pero ante la extraordinaria diversidad de las agriculturas del mundo ¿cómo distinguir los mecanismos, los procesos, las modalidades de regulación y las contradicciones de cada una de ellas? ¿Y cómo establecer un enfoque comparatista transmisor de sentido, es decir, que permita a la vez una mejor comprensión y dimensión de cada agricultura particular, así como una percepción aguda de las modalidades y las consecuencias de su correlación,

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sobre todo bajo la creciente influencia del mercado? El estudio científico de un sistema agrario singular sólo adquiere sentido al confrontarlo con otros sistemas agrarios:

Ya sea que este estudio busque demostrar la especificidad absoluta de una población o de un lugar [...], o bien que se fije como objetivo el demostrar que esta población o este lugar se inscribe en un universo más vasto [...], éste siempre hará referencia al resto del mundo para constatar las diferencias o las similitudes7.

Sin embargo, en todos los casos, la demostración de la unicidad de un objeto científico recae en su distinción de otros casos. La identidad de un objeto científico es al mismo tiempo su singularidad y su diferencia8.

Pero ¿qué es lo que habrá que comparar y para qué? ¿Habrá que comparar las sociedades agrarias que “se parecen” o, por el contrario, privilegiar la comparación de las agriculturas más disímiles? Tal proceso no tendría fin ni propósito. Por ello la operación comparatista no puede limitarse a registrar las similitudes y diferencias. Más que los objetos en sí mismos, se tienen que comparar los procesos. De este modo, la agricultura comparada busca:

 identificar lo universal o, por el contrario, lo singular; lo que parece

fundamental o más bien lo que es secundario en la organización de las agriculturas y sus dinámicas;

 determinar, interpretar y explicar esas diferencias “contextualizando

cada situación particular en un marco general de las evoluciones diferenciales de la agricultura a escala mundial” (Dufumier, 2002b, p. 68);

 mostrar las continuidades y/o las rupturas, los parentescos, las series

evolutivas, una o varias dinámica (s) en conjunto:

 conservar en esta herencia agraria de la humanidad, las “formas

de comportarse” y el savoir-faire, las herramientas mecánicas y máquinas, las ideas, la materia vegetal y animal; en suma, todo lo que pueda contribuir a aclarar, orientar o favorecer, en una situación determinada, el desarrollo agrícola en un sentido más acorde al interés común.

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Sin embargo, el análisis comparatista por enriquecedor que sea no basta por sí solo, requiere de un cierto número de instrumentos y conceptos capaces de ordenar la extraordinaria diversidad de casos y darles sentido:

En un sentido estricto, el análisis comparativo solamente puede reproducir la diversidad de fenómenos observables sin reducirla y sin desprender de ella leyes tan poco generales como para poder explicarlas (Mazoyer, 1974).

[Además] ¿cómo hacer comprensible la diversidad de las formas concretas que actualmente revisten la agricultura alrededor del mundo, y sacar de ésta un aprendizaje del saber común, sin por ello llegar a caer en generalizaciones abusivas o a modelizaciones demasiado simplificadoras? (Dufumier, 2002b, p. 62).

Es desde esta óptica, y después de cuarenta años, que la agricultura comparada ha construido sus propios conceptos y planteamientos teóricos sobre la evolución histórica y la diferenciación geográfica de los sistemas agrarios (Cochet, Devienne, Dufumier, 2007). Pero antes de analizar los conceptos desarrollados por esta disciplina, así como los métodos de investigación empleados para definir su propósito, es preciso hacer un recorrido por los orígenes y la historia de la agricultura comparada.

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Capítulo 2

Hacía los orígenes de la agricultura comparada, el legado de René Dumont

orígEnEsdElaagriCulturaComparada

François Sigaut, director de investigaciones en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales, expresó recientemente que René Dumont no inventó la agricultura comparada, más bien, la reinventó:

Cuando comenzó su carrera, habíamos prácticamente olvidado el nombre y la cosa, pero no la cátedra correspondiente a la agro... (Sigaut, 2004, p. 17).

Al parecer, es a Duhamel de Monceau (1700-1782) a quien se le debe la aparición tanto de la agronomía experimental como de la agricultura comparada. Llevar a cabo experimentaciones (relacionadas al uso de la sembradora mecánica y la binadora) en circunstancias distintas y parcialmente no controladas exigía la observación atenta y la comparación de las prácticas.

Un siglo más tarde y mientras las perspectivas del progreso se ampliaban, ya no se trataba sólo de reflexionar sobre las prácticas, sino de cambiarlas lo antes posible:

Los agrónomos dejaron entonces de interesarse en las prácticas —que fueron delegadas a los folcloristas— para convertirse en vulgarizadores del progreso. El pasado e incluso el presente, cuando se considera que éste no hace más que prolongar el pasado, dejaron de tener interés. Sólo contaba el futuro, un futuro que ya no se decidía en el campo sino en los laboratorios y en los centros de investigación

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combatir este error, cuyas consecuencias aún no se han dimensionado (op. cit.).

El regreso a la observación y al análisis comparatista: tales serían las aportaciones de Dumont y su reinvención de la agricultura comparada.

La “cátedra de agricultura comparada”, sin embargo había sido, fundada desde 1878 por Eugène Risler, quien propuso un curso sobre el tema: “La comparación de los sistemas de agricultura que se practican actualmente en diferentes países en condiciones económicas, geológicas y climáticas diversas” (Boulaine y Legros, 1998, p. 219).

Su principal obra Géologie agricole (Risler, 1897) posee el singular mérito de insistir en la diversidad espacial de la agricultura, la cual muchos especialistas antes de él habían negado. A pesar de su título, revelador desde el punto de vista del autor y transmisor de un cierto determinismo del medio físico, Risler examina asimismo las prácticas agrícolas y las características de la ganadería:

Dumont será, sin embargo, quien le confiera a este enfoque global

y pluridisciplinario su justa dimensión, al insistir en la importancia de las condiciones económicas, sociales y políticas para describir y comprender las múltiples formas y vías de desarrollo de la agricultura (Dufumier, 2002a). “Agrónomo del hambre”, Dumont se preocupó principalmente por implementar la producción alimentaria en los países más afectados por la desnutrición. A pesar de ello, había que admitir las cosas como eran:

El progreso técnico en agricultura no puede explicarse de manera exógena. Éste se inscribe en una compleja red de relaciones sociales (derecho de acceso a la tierra, repartición de los medios de producción, fondos disponibles para la adquisición de nuevos medios de producción considerados “modernos”, situación de las diferentes categorías de agricultores en el proceso social de intercambios y redistribución de las ganancias del trabajo, etc.). Por tanto, el centro gravitacional de las preocupaciones del agrónomo se desplazó paulatinamente del savoir-faire técnico hacia la comprensión de las relaciones sociales de producción vaticinando la puesta en práctica de este savoir-faire (Kroll, 1992, p. 10).

CompararparapodEr “mEjorar”

El único texto publicado de Dumont que trata explícitamente de la “agricultura comparada” parece ser el que se publicó en el Larousse agricole en su edición de 1952, un artículo titulado “agricultura comparada”. Maestro de conferencias

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en el Instituto Nacional de Agronomía, esbozó su “definición y principio” de la agricultura comparada:

La agricultura comparada tiene como propósito estudiar los rasgos esenciales de la agricultura de diferentes unidades geográficas (aldeas o barrios, municipios o cantones, “países”, regiones, naciones o continentes) en busca de encontrar opciones para mejorar. [...] El trabajo del agrónomo, su tarea esencial, nos parece que es el de sugerir no tanto las técnicas modernas [...], sino las opciones más apropiadas de especulación animal y vegetal, así como el marco en el que la aplicación de estas técnicas sería menos dañino (Dumont, 1952). Comparar para poder mejorar, orientar, desarrollar la agricultura: tal parece ser, en el pensamiento de Dumont, el principal objetivo de la agricultura comparada y su razón de ser. Consultado por todos para que diera su opinión y comprometido en un proyecto de planificación de la agricultura tras finalizar la Segunda Guerra Mundial, Dumont delineó los márgenes de las grandes zonas de producción del futuro, seleccionó las actividades que merecían ser desarrolladas en cada región, particularmente aquellas que parecían no tener futuro. La agricultura comparada fue, a nivel mundial, el enfoque que le permitió avanzar en esta vía. Es cierto que en aquella época la agricultura francesa estaba ampliamente dominada, a pesar de los importantes contrastes regionales que surgieron sobre todo del primer movimiento de especialización regional, el cual se logró no sólo por el desarrollo del ferrocarril a fines del siglo

xix, sino por los sistemas de policultivo-poliganadería que combinaban un

importante número de producciones y, por tanto, estaban poco especializados. Tras haber descrito los sistemas de cultivo y de ganadería existentes, el papel del agrónomo no era solamente el de aconsejar al agricultor (en la economía de la empresa individual), sino incluso el de decidir (en economía planificada): en todos los casos indicar la evolución deseable de los sistemas. Esa es la tarea más delicada que se le puede exigir a un hombre con este oficio. Los elementos de conocimiento del medio [...] y los sistemas de producción actuales deben apegarse a los objetivos nacionales del plan, que indique las investigaciones que habrá que desarrollar y lo que será necesario ralentizar (op. cit., p. 907).

En aquella época lo que se buscaba era impulsar un movimiento de especialización regional que fuera de acuerdo al interés común (ese era el

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sentido que Dumont le daba siempre a la planificación), un movimiento que debía ser dirigido en función de los beneficios comparativos de cada región:

En un contexto profundamente marcado por 70 años de proteccionismo

melinista9, de celebración de la autarquía campesina tanto por parte

de los republicanos conservadores como de los católicos agrarios, este llamado al comercio, al intercambio y a la especialización es una ruptura sin precedentes (Hervieu, 2002).

Al relacionar estrechamente el objetivo de la agricultura comparada y la necesidad de la especialización regional (y mundial), Dumont hizo de esta disciplina una ciencia totalmente proyectada hacia la acción y, en el contexto de esa época, hacia el establecimiento de las grandes líneas de especialización agrícola. De ese modo, propuso el abandono de los cereales y el desarrollo del sistema ganadero de montaña con un incrementó del stock forrajero; el regreso a las praderas permanentes y al forraje intensivo tanto en occidente como en los márgenes del Macizo Central; la descentralización y mejoramiento de la calidad de los viñedos; la sustitución del barbecho, que aún se practicaba en las mesetas calcáreas del noreste, por el de praderas temporales así como la intensificación de la ganadería; la “descongestión” del bocage Armoricano, la recolección de setos y la intensificación de la producción lechera en el occidente; la irrigación, el maíz híbrido y las ganaderías asociadas en el suroeste; la irrigación de la parte baja del río Durance y el desarrollo de la arboricultura frutal; el cultivo del colza como cabeza de rotación en la cuenca parisina para competir con el cacahuete africano; el abandonó, sin embargo, de la remolacha azucarera que entró en una dura competencia con la caña, etcétera.

Resulta curiosa la declaración de Dumont a propósito del desarrollo a fines del siglo xix del transporte pesado para recorrer largas distancias y de las

consecuencias que tuvo en ese primer movimiento de especialización: “Desde

antes del siglo xx entramos en la fase dinámica de la agricultura comparada”,

casi asimilando la disciplina y el resultado de su aplicación (Dumont, 1952, p. 904). Dumont incluso vería en las primicias de las futuras cuotas de

producción (remolacha) y en las denominaciones de origen controladas (aoc,

por sus siglas en francés) tendencias monopolísticas, en el caso del vino, que conducirían al inmovilismo volviendo asi inútiles los trabajos de la agricultura comparada (op. cit., p. 926).

Comparar para mejorar: la agricultura comparada todavía no es una disciplina científica propiamente dicha, sino más bien una ciencia de la acción.

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Y, de hecho, agrega:

En realidad, la materia es sumamente compleja y no ha sido lo suficientemente estudiada como para poder sacar leyes universales; seguirá siendo un oficio que indicará sobre todo tendencias y en ocasiones incluso reglas aunque muy generales. Es un oficio que requerirá tener mucho sentido común para emplear simultáneamente los datos científicos extraordinariamente variados sobre los que debe basarse cualquier estudio de agricultura regional (op. cit., p. 903).

unarEnovaCióndECisivaparalaagronomía ylaEConomíaagríCola

Más allá de los objetivos de la agricultura comparada que Dumont proclamó en aquella época, y un poco limitados en el particular contexto de la post guerra, la comparación de los sistemas agrícolas que se realizaba en distintas partes del mundo aportaba una nueva dimensión a la agronomía, entendida en su sentido más amplio. Dumont llevó esta comparación a escala mundial al ampliar de manera considerable las perspectivas comparatistas que dos

siglos antes había iniciado Arthur Young10. Por ejemplo, la comparación de

la producción bruta de trabajo, calculada en kilos de cereales producidos en una jornada de trabajo dedicada al cultivo, una comparación sistemáticamente

presentada desde esa época en los trabajos de Dumont.11

Cada vez será más ineludible al intentar prevenir y anticipar las respectivas evoluciones del sector agrícola de las distintas regiones del mundo. Dumont será el primero en señalar los enormes vacíos en materia de productividad del trabajo y en preocuparse por las serias consecuencias de tales desigualdades a nivel mundial. A poco más de medio siglo de distancia de los trabajos de Dumont, y a pesar de la creciente unificación del mercado, de los precios y sus consecuencias, éstos dan lugar hoy en día a conferencias internacionales y movimientos sociales de gran alcance, advertimos a la vez su carácter precursor y la necesidad, más que nunca, de dimensionar y comprender las diferencias de productividad, que además se multiplicaron, a partir de los primeros trabajos de Dumont. La idea de que el mundo es uno y que lo que pasa en un lugar determinado no se puede comprender sin relación con lo que pasa en otro extremo del planeta, caducando así cualquier enfoque de campos geográficos de la agronomía o de la geografía, constituirá desde ese momento

10 Arthur Young (1741-1820), agrónomo y economista inglés, autor del Voyage en France, obra publicada en inglés en 1792 y traducida al francés en 1794.

11 Incluida en esta primera definición de la agricultura comparada descrita por el Larousse

agricole de 1952. Véase también Économie agricole dans le monde (1954) y Marc Dufumier

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el hilo conductor de la agricultura comparada.

El regreso necesario a la observación y a la descripción de las prácticas campesinas constituye, asimismo y sin lugar a dudas, un acto fundador de la agricultura comparada:

En todos los casos la agricultura comparada debe estudiar los sistemas de cultivo y ganadería no solamente en su estado actual, sino también desde un punto de vista dinámico, siguiendo los procesos pasados y sobre todo los recientes, que son los que indican el sentido de su evolución (Dumont, 1952, p. 907).

El conocimiento preciso del medio y del estado actual de la agricultura, así como del sentido de su evolución histórica, deberá ir acompañado de un inventario de los recursos humanos y materiales disponibles, y posteriormente del de los mercados actuales y potenciales. Dentro de “las características esenciales” que Dumont le atribuye a la agricultura comparada, recapitula:

lo que un estudio de agricultura comparada debe describir son: las condiciones de clima y suelo, las condiciones humanas y los modos de aprovechamiento, la dimensión de las unidades de producción y su fuente de energía, los sistemas de cultivo y ganadería, así como su dinámica, el grado de intensificación y de equipamiento... (op. cit., p. 904).

Los primeros treinta años de la vida profesional de Dumont (1933-1961) estuvieron marcados principalmente por numerosos estudios de campo y varias obras que reconstituían con infinita minucia las principales características de la agricultura en algunas regiones importantes del mundo

(Tonkín, Estados Unidos, Francia, China12). Al leer estas obras uno queda

impresionado por la forma en la que reconstruye las observaciones y conversaciones con los campesinos con los que tuvo contacto. No existe un protocolo de investigación o un muestreo estandarizado, sino una infinidad de observaciones organizadas de acuerdo a un itinerario dictado por la intuición y elegido con tino en medio de la diversidad agrícola de la región estudiada, observaciones que en ocasiones también son impuestas por el azar de los encuentros: recoge un abundante número de imágenes, testimonios e informes sobre investigaciones minuciosas que documentan con increíble precisión

12 La culture du riz dans le delta du Tonkin (1935, Sociedad de ediciones geográficas, marítimas y coloniales, París), Les leçons de l’agriculture américaine (1949, ediciones Flammarion), Voyages

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sucesiones de cultivos e itinerarios técnicos, desplazamientos de manadas y calendarios forrajeros, descripción del material de labranza y organización del trabajo, productividad e ingresos agrícolas, etc. En las colonias belgas, Pierre De Schlippé fue quien inició este regreso al campo, a la observación directa y a la investigación mediante su método de “antropología agrícola” (De Schlippé, 1956a, 1956b).

El hecho de que Dumont, en su exigencia de comparación, diera la misma importancia a la descripción fina y precisa de las actividades del agricultor indochino o africano que a las del agricultor francés influiría también en la fuerte, y necesaria, sacudida de la agronomía colonial. En aquella época sólo los etnólogos consagraban su tiempo a la observación y a la descripción precisa de los avatares de las poblaciones alejadas. Cuando Dumont fue enviado a Tonkín para “mejorar” el cultivo de arroz indochino, tras ahondar en las técnicas de cultivo tradicionales, terminó por concluir a favor de su “validez general” (Dumont, 1954, p. 15). Hacer de una secuencia técnica de agricultura de roza y quema un objeto de estudio tan importante e interesante como el de la rotación trienal del este de Francia, atribuirle cierta “validez” y medir con las mismas herramientas y métodos la productividad del trabajo que se podía obtener de ésta, tal sría la renovación que Dumont daría al enfoque con el que contarían los agrónomos del desde entonces llamado Tercer mundo. En una época de independencias y entre la profusión de nuevas ideas que surgían de éstas, numerosas ciencias sociales fueron sacudidas y, por tanto, obligadas a renovarse o a “replantearse”. La agronomía, una ciencia “técnica”, pudo haber escapado durante mucho tiempo a esta renovación de ideas a no ser por la agricultura comparada de un Dumont o de otros agrónomos que, a final de cuentas, eran contados13.

Romper con la enseñanza de los “cultivos especiales” de nuestras

colonias en favor de un curso de agricultura comparada14, reconocer como

válidas las prácticas campesinas de los “autóctonos”, sugerir que algunos agricultores norteamericanos o colonos argelinos degradaban el patrimonio territorial con sus prácticas erosivas, tanto o más que sus colegas africanos que practicaban la agricultura de roza y quema. Todo ello representaba en ese entonces —en 1952— un verdadero desafío, tan arriesgado que se gestó en un sigiloso recinto de una gran escuela parisina.

ElrEgrEsoalCampo, unantídotoparalasdEsviaCionEstEóriCas

En una época en que la agricultura comparada se desarrollaba gracias al

13 En Bélgica fue sin duda Pierre De Schlippé quien asumiría esta ruptura a partir de una cierta agronomía colonial.

14 Es lo que propone René Dumont en 1953 en su reseña “titre et travaux”... redactada para la presentación de su concurso como profesor...

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impulso de Dumont, y a partir de 1974 de Marcel Mazoyer, el mundo fue testigo de grandes transformaciones políticas, particularmente con motivo de las independencias africanas. Los debates de entonces sobre el desarrollo y el subdesarrollo dieron lugar a un formidable auge de las ciencias sociales entorno a la noción y la interpretación del “sub desarrollo” (Guichaoua y Goussault, 1933). Las grandes corrientes de pensamiento de la época (teorías de la modernización, enfoques “dependentistas”, enfoques marxistas, etc.) no podían ignorar al sector agrícola de aquellas sociedades a las que buscaban comprender. Su influencia en la agricultura comparada logró ser notable, particularmente la idea, eminentemente moderna, de la interdependencia de las economías del sur y del norte al interior del mercado mundial; mientras que la del subdesarrollo en el sur sólo podía ser comprendida y analizada como parte de un componente endógeno del desarrollo de los países del norte.

En el mundo académico anglosajón esta época estuvo marcada por la multiplicación de investigaciones que se adjudicaban a los peaseant studies, trabajos dados a conocer principalmente por T. Shanin (1970) en un principio, y cuyo compendio fue proporcionado por H. Bernstein y T. J. Byres (2001). En el contexto de los estudios sobre el desarrollo de los países pobres tras sus independencias, se trataba de ver cómo un mejor conocimiento de la gente del campo podía contribuir a aprehender mejor los movimientos agrarios precapitalistas en diferentes partes del mundo, las rutas de transición de los países en vías de desarrollo hacia el capitalismo, así como las consecuencias de las transformaciones coloniales sobre las dinámicas y los procesos de desarrollo/subdesarrollo que sobrevendrían (Bernstein y Byres, 2001). Y en una época en que las referencias marxistas ocupaban un lugar preponderante dentro de las ciencias sociales, los férreos debates giraban en torno de (1) las agrupaciones precapitalistas y el “modo de producción feudal”, (2) la “transición hacia el capitalismo”, (3) la “transición hacia el socialismo”, (4) el colonialismo y (5) la relación desarrollo/subdesarrollo.

Entre las aportaciones fundamentales de la economía del desarrollo de la época figuran sin lugar a dudas la idea, por un lado, de la degradación

de los términos de intercambio y por consiguiente el cuestionamiento sobre

el interés de la especialización de los países del sur en los productos básicos, principalmente agrícolas; y por otro lado, la noción del dualismo, que postulaba la existencia de un excedente estructural de mano de obra en las economías del Tercer mundo (Assidon, 2000). La primera idea alimentaría un amplio e intenso debate sobre los cultivos de exportación versus los cultivos alimentarios, un debate que ha envejecido un poco ahora pero cuyo tema básico, la degradación referente a la remuneración de los productores, tiene más actualidad que nunca. La idea del dualismo, por su parte, inspiró

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las políticas de “empleo” del excedente de mano de obra (así llamado para traducirlo en ganancias) evidentemente en el campo de la agricultura, políticas cuyo autoritarismo y dogmatismo no tendrían nada que envidiarle a las políticas de aprovechamiento de la época colonial.

Cabe señalar que en aquella época todos los teóricos del subdesarrollo se encontraban en un desconocimiento casi total de la agricultura campesina y manifestaban un cierto desprecio por la gente del campo. En una época atrapada en relaciones sociales dichas “precapitalistas” o simplemente susceptibles de “kulaquización”, esos agricultores estaban emplazados a “evolucionar” conforme a las estructuras entonces vigentes: “modernización”, transición hacia el capitalismo o colectivización. ¿Entonces para qué estudiar sus prácticas condenadas a una desaparición rápida y deseable? Del occidente al oriente asistimos a un rechazo general por tomar en cuenta la heterogeneidad de las situaciones nacionales y de los procesos concretos del cambio social y económico (Guichoua y Goussault, op. cit.).

Otro debate teórico, particularmente polémico sobre la cuestión del desarrollo agrícola, marcó esta época: aquel que buscaba contraponer a maltusianos y neomaltusianos, por un lado, contra partidarios de la teoría de Ester Boserup, por el otro. Incontables trabajos, principalmente sobre el desarrollo de la agricultura africana, no perdieron la oportunidad de citar en sus introducciones las teorías desarrolladas en su tiempo por Thomas Robert Malthus y Ester Boserup, como si la definición de una problemática de investigación no pudiera explicarse sin estas referencias o de hacer de una ellas un modelo interpretativo de las transformaciones observadas.

En la Inglaterra de finales del siglo xviii, y a pesar de los considerables

cambios que hubo durante la revolución agrícola inglesa, Malthus15 hizo del

nivel de producción alimentaria (su “techo de subsistencia”) una variable independiente, o simplemente extensible a merced y en proporción de la extensión de las superficies cultivadas en detrimento de los bosques o de los ilimitados terrenos de América. En tales condiciones, el crecimiento geométrico de la población conducía fatalmente a una encrucijada: la de las subsistencias y la de la población, y a la detonación de un ciclo de “regulación malthusiana”: un freno preventivo para las clases ricas invadidas por la obsesión de descender en la escala social (prolongación de la edad para casarse, espaciamiento entre los nacimientos, etc.) y, para los plebeyos, hambruna, miseria y mortalidad infantil. Sin embargo, la miseria era virtuosa... Al provocar la baja de salarios, los labradores se animaron a contratar a más personas, en particular, para incrementar el desbrozamiento y extender así el terreno de cultivos, lo cual permitía aumentar el techo de subsistencia, alentando así la reanudación de

15 Aquí hacemos referencia a su obra Essai sur le principe de population publicada en 1798 y que inspiró la redacción de su texto más conocido de 1803.

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la natalidad... y estableciendo otra vez las condiciones para un nuevo “ciclo de regulación”. Pesimista y fatalista a la vez, impregnado asimismo por una creencia inquebrantable en el orden inmutable de las cosas y del orden social, Malthus no contemplaba ninguna forma de progreso técnico y mucho menos social.

Casi dos siglos más tarde y en un contexto histórico y demográfico

muy diferente, los países en vías de desarrollo experimentaron su primera transición demográfica, los enfoques del neomalthusianismo anticiparon así la degradación de las condiciones de existencia y de producción como consecuencia de la explosión demográfica. A menos que se contemplara una emigración o que la colonización de nuevas tierras fuera posible, la densificación de la población conducía inevitablemente a la sobreexplotación de la tierra, a la disminución de su fertilidad, y a una degradación acelerada del medio ambiente16.

Más de 150 años después de Malthus, y en respuesta a las corrientes neomalthusianas, Ester Boserup publicó en 1965 The Conditions of Agricultural

Growth, The Economics of Agrarian Change under Population Pressure, en el

que el crecimiento demográfico se presentaba como una variable independiente. Al provocar una tendencia a la baja de la productividad del horario de trabajo y obligando a la gente a cambiar de técnicas de producción, ésta se convirtió en el verdadero motor del progreso agrícola. Publicada en plena explosión demográfica y basándose en una serie evolutiva supuestamente característica de los países en vías de desarrollo (desde el ciclo de disminución progresiva de la duración del “barbecho” mediante la alternancia sucesiva de terrenos baldíos forestales de larga duración a los sistemas de cultivo intensivos con varios ciclos por año, pasando por todas las etapas intermedias), esta obra aportaba un soplo de optimismo, y rehabilitaba un poco a las sociedades campesinas dotándolas de una capacidad endógena para evolucionar y modernizarse. Aceleración de la frecuencia de las cosechas, cambio técnico e intensificación, pero ¿bajo qué condiciones? En la concepción del autor bastaban dos: que la productividad del horario se inclinara a la baja —lo cual “motivaría” a los agricultores a cambiar de técnicas— y que una proporción del trabajo suplementario pudiera movilizarse colectivamente y consagrarse a la agricultura, específicamente como una forma de “inversión-trabajo17

para la planificación territorial necesaria para el paso de una técnica a otra (el drenaje de marismas, la construcción de terrazas, infraestructura hidráulica, etc.).

Finalmente, ya fuera por inspiración malthusiana o seducido por

16 Sobre este debate que en 1950 confrontaba malthusianos y “optimistas”, véase Sauvy (1958). 17 “Investment” o “Rural investment” en la obra de E. Boserup, aunque el autor hace más bien

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las hipótesis de Boserup, todo el mundo se sumaba a lo que les parecía lo esencial, que era obviamente la relación entre población/recursos, el motor de las dinámicas agrarias. Reunidas con la mayor simplicidad, esas referencias teóricas eximían, en cierta medida, el ir a investigar más atrás y reflexionar sobre la naturaleza real de las crisis y de los métodos a emplear para enfrentarlas.

Cabe señalar que los debates teóricos de la época, que por lo común desdeñaban las particularidades propias a cada situación, la heterogeneidad de las situaciones nacionales y los procesos concretos de cambio social y económico constituían el objeto mismo de las investigaciones de Dumont. Si bien durante su periodo “productivista” y “desarrollista” Dumont pudo justificar y apropiarse de ciertos aspectos de esas políticas de “trabajo” del campesinado, la práctica constante del trabajo de campo le permitió mantenerse relativamente alejado de esas grandes corrientes de pensamiento. Y justamente es esa distancia mantenida de facto entre la agricultura comparada y las grandes corrientes e interpretaciones globalizantes del subdesarrollo durante los años sesenta y setenta sería la que le permitiría ser el primero en vislumbrar los fracasos del desarrollo y denunciarlos a todas voces en L’Afrique noire est mal

partie (1962).

Años más tarde, y mientras los grandes modelos de desarrollo (y de pensamiento) comenzaban a desmoronarse a la par de las desilusiones del desarrollo, de la caída del bloque del Este y del crecimiento generalizado de las desigualdades del desarrollo, se impuso un cierto pragmatismo operacional dentro de esas mismas disciplinas de las ciencias sociales (Guichaoua y Goussault, op. cit.) coincidiendo asi con una iniciativa que ya había sido prevista por la agricultura comparada. Puesto que su objeto de estudio se concentraba principalmente en los estudios de campo concretos y específicos más que a las construcciones globalizantes, la agricultura comparada superó sin problemas este aggiornamento que otras disciplinas o corrientes de pensamiento desarrolladas luego de las independencias enfrentaron brutalmente.

Desde esa época, ahora lejana, una nueva apisonadora globalizante amenazó a las ciencias sociales, la de la globalización liberal y una teoría económica que se pensaba como la única capaz de explicar no solamente el presente, sino de prever y prescribir las transformaciones deseables de las sociedades, incluido el sector agrícola. Una vez más fue el regreso al campo, a lo local, a la investigación minuciosa de las dinámicas concretas de desarrollo o de marginalización en diferentes regiones del mundo, así como la

comparación de los procesos en curso, lo que iba más allá de las explicaciones

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(35)

Capítulo 3

El “sistema agrario”,

un concepto integrador de la agricultura comparada

Las siguientes páginas están dedicadas al concepto “sistema agrario”. Tras recapitular el origen del concepto y sus cambios recientes en el contexto de la agricultura comparada, se analizará la cuestión de la escala de análisis que se privilegiará así como sus límites y, aunada a ella, las dificultades que pueden surgir al emplear este concepto. En esta tercera parte, nos enfocaremos a explicitar los subsistemas constitutivos del sistema agrario, en primer lugar el de sistema de producción (a escala de la unidad de producción básica o explotación agrícola), en segundo lugar el sistema de cultivo (a escala de la parcela) y su homólogo, el sistema de ganadería (a escala equivalente de la manada). La necesaria combinación de estas escalas de observación, análisis y comprensión se abordará posteriormente. Finalmente, se cuestionará la situación y el comportamiento atípico de este concepto entre las ciencias de la vida y las ciencias sociales.

origEnydEsarrollodElConCEptodElsistEmaagrario

¿Estructuras agrarias o sistemas agrarios? La aportación de los geógrafos

Los geógrafos fueron los primeros en hablar de “sistema agrario” y, sin lugar a dudas, es a André Cholley (1946) a quien se le debe la primera definición del sistema agrario. Cholley escribió a propósito del método de investigación en materia de geografía rural lo siguiente:

Llegaremos a asir mucho mejor la realidad cuando consideremos que la actividad agrícola constituye una auténtica combinación o un complejo de elementos tomados de áreas muy distintas, pero

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estrechamente ligadas entre sí; elementos a tal punto complementarios que es inconcebible que alguno de ellos se transformara radicalmente sin que los otros no fueran sensiblemente afectados, y que la combinación en su totalidad no se viera modificada en su estructura, dinamismo, e incluso en sus aspectos exteriores (Cholley, 1946, p. 82).

Veinte años más tarde, la tesis de Paul Pélissier sobre Les paysans du

Sénégal proporcionó un notable ejemplo de un enfoque global y sistémico

de las sociedades agrarias, aunque en ésta no se haya evocado el concepto de sistema agrario (Pélissier, 1966). El artículo publicado en 1964 por este autor (junto con Giller Sautter) “Pour un atlas des terroirs africains: structure-type d’une étude de terroir” fue de los primeros de una relevante serie de estudios de regiones africanas realizados por diferentes investigadores bajo la dirección de los dos autores de este artículo.

Treinta años después del artículo de Cholley, Georges Bertrand en la Histoire de la France rurale volvió a revolucionar ya no con el sistema

agrario sino con el agrosistema:

Cada agrosistema corresponde a una determinada relación entre un tipo de sociedad rural y un tipo de medio ambiente, tanto en el plano material como en el plano del comportamiento de los modos de pensar (Bertrand, 1975).

Paralelamente a la publicación de la Histoire de la France rurale, Claude y Georges Bertrand propusieron asimismo estudiar los paisajes como sistema (1978):

El más simple y el más banal de los paisajes es a la vez social y natural, subjetivo y objetivo, espacial y temporal, producción material y cultural, real y simbólico, etc. El recuento y análisis separado de los elementos constitutivos y sus diferentes características espaciales, psicológicas, económicas, ecológicas, etc. no permiten conocer el conjunto. La complejidad del paisaje es a la vez morfológica (forma), constitucional (estructura) y funcional, por lo cual no hay que intentar reducirla al dividirla [...] El paisaje es un sistema...

Más recientemente, Jean Renard, otro geógrafo, escribió:

Un paisaje agrario es también, en un espacio más amplio, y a menor escala, la disposición idéntica de los elementos repetitivos que

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conforman una estructura agraria; de ello resulta una combinación agraria que es concretamente la morfología agraria. [...] En segundo plano, aparece claramente la noción de modelo o tipo agrario, es decir, el reconocimiento, más allá de la diversidad y la complejidad de formas, de una regularidad, un orden, una organización. Ello prueba que el paisaje agrario, que es una disposición de lugares, es ante todo un hecho social (Renard, 2002, p. 13).

No obstante, en la mentalidad de la mayoría de los geógrafos rurales, y a pesar de la notable y precoz apertura de André Cholley sobre el tema, el término de “sistema agrario” fue más bien empleado en un sentido más restringido y más enfocado en las “estructuras agrarias” y su expresión espacial al nivel del paisaje agrario. La noción de “estructura agraria”, adoptada además desde tiempo atrás, se aplicaba a la vez a la forma, la disposición y la planificación de los campos, prados, pastizales y bosques por una parte y, por la otra, a la medida de las unidades de producción y de los diferentes modos asociados de tenencia: propiedad, arrendamiento, aparcería, etc.

Al reducir de ese modo el sistema a la estructura se insistió mucho menos en el carácter dinámico y evolutivo de las sociedades agrarias, así como en la interacción sistémica que André Cholley había sugerido antes, e incluso mucho antes de él Claude y Georges Bertrand, creando así la ilusión de un cierto inmovilismo de los paisajes y los sistemas agrarios. El término de sistema agrario en sí no tuvo éxito entre los geógrafos: no hay ningún rastro del “sistema agrario” en la voluminosa obra de Vocabulaire de

géographie de Paul Fénelon (1970). En la edición del 2000 del Dictionnaire de la géographie de Pierre George y Fernand Verger nunca aparece el término,

pero casi se alude el concepto en la definición de “estructura agraria”. A lado de una definición estática en la que la estructura agraria se limita al hábitat, a la parcela, a la propiedad rural, se ofrece una acepción mucho más amplia: “La estructura agraria sería entonces una ‘combinación’ de elementos físicos, biológicos, humanos en interacción profunda”. El concepto sistema es por tanto subyacente, pero no así el de sistema agrario. Por su parte, Roger Brunet en Les mots de la géographie, dictionnaire critique (1993) escribió en el apartado “agrario”:

Sistema agrario: categoría tradicional de la geografía en la época en que el “sistema” tenía un sentido vago; se refería sobre todo la descripción formal de la disposición del espacio explotado por la agricultura: a la relación entre los límites del territorio, división y parcelación, y en ocasiones a los elementos del régimen agrario. El término se extendió

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hasta englobar el conjunto del modo de producción, la organización de la vida cotidiana, las ideas, las instituciones.

La primera definición se limita claramente a la estructura agraria; la

segunda aunque es más amplia, es particularmente confusa, el autor no asume nada de manera evidente. A su vez, en el Dictionnaire de la géographie et de

l’espace des sociétés, publicado en el 200318, no se menciona el término de

sistema agrario, pero aparece el de agrarian system como posible traducción de estructura agraria; la confusión es comprensible. El término agrarian system tampoco se menciona en The Dictionary of Human Geography, reeditado de forma regular por R. J. Johnston et al. (2000).

Lo cual, sin embargo, quiere decir que hay muchas cosas que comparten la agricultura comparada y la geografía agraria, como el hecho de que los geógrafos fueran los primeros en hablar de “sistema agrario” sin que resultara extraño ante el surgimiento de una cierta adyacencia entre ellos. De este modo, agrónomos y geógrafos se reunieron en el seminario organizado

por el Orstom19, con el título evocador, “À travers champs, agronomes et

géographes” cuyas actas fueron publicadas en 1985 (Orstom, 1985). Más recientemente, Paul Pélissier y Jean-Pierre Raison se declararían al respecto de esta convergencia:

... las connivencias entre geógrafos ruralistas y agrónomos, que en ocasiones apuntan hacia la simbiosis, son connivencias que, ambos estamos convencidos de ello, constituyen un elemento fundamental para la fecundidad de los estudios agrarios en el mundo tropical [...] A partir des esta convergencia, en la que hemos visto madurar los frutos, habrá que escribir la historia. Los individuos han contribuido en ello, y no es una coincidencia que entre los primeros agrónomos abiertos al estudio de los “sistemas agrarios” figuren un Deffontaines y un Papy, ambos hijos de geógrafos (2001, p. 14).

El “sistema agrario” de los agroeconomistas

Entre los años 1970 y 1980, al mismo tiempo que se presentaba un nivel de análisis más global para aprehender las transformaciones agrícolas que tenían lugar tanto en Europa como en los países del sur, se manifestó un cierto entusiasmo por el concepto de sistema agrario, sobre todo en Francia, donde muchos agro-geógrafos o agroeconomistas proponían su propia definición. Se intentaba, por tanto, de aprehender “el entorno” de la explotación agrícola con una herramienta más global, que permitiera ilustrar las múltiples interacciones

18 Bajo la dirección de Jacques Levy y Michel Lussault.

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recíprocas al interior de ese “entorno”, así como entre este último y las explotaciones agrícolas: Deffontaines y Osty escribieron en 1977:

La hipótesis de trabajo es que existen espacios en los cuales las relaciones de explotación entre ellos y el medio ambiente presentan características particulares y se organizan en sistemas a los que llamamos sistemas agrarios (p. 198).

Para B. Vissac (1979), el sistema agrario designa:

... la asociación entre las formas de producción y las técnicas implementadas por una sociedad en busca de satisfacer sus necesidades. Revela en particular la interacción entre un sistema bio-ecológico, representado por el medio natural, y un sistema sociocultural, manifestado a través de las prácticas derivadas sobre todo de la experiencia técnica.

El enfoque en estos términos fue desarrollado principalmente en el Inra-Sad [Instituto Nacional para la Investigación de la Agronomía-Ciencias para la Acción y el Desarrollo] y aplicado en espacios geográficos tan diferentes entre sí como la cordillera de los Vosgos o Nepal (Inra, 1977, 1986). Asimismo, ésta es la época del boom de la investigación del sistema en agricultura, conjugada a diferentes niveles de análisis así como su falso

equivalente Farming Systems Research, fsr20, que derivó en la publicación de

importantes obras a principios de los años noventa, se presenta un resumen de esos trabajos, por ejemplo en los Systems Studies in Agriculture and Rural

Development (Brossier, de Bonneval, Landais, eds, 1993) o en las actas del

simposio internacional Recherches-système en agriculture et développement

rural (Sébillotte, 1996). La publicación de la obra de L. de Bonneval, Systèmes agraires, systèmes de production, vocabulaire franco-anglais (1993) por

el Inra también obedece al mismo interés. Desde entonces la investigación del sistema se puso de moda y fue impulsada principalmente en el marco

de la afsr/e (Association for Farming Systems Research and Extension). La

mayoría de los trabajos dirigidos bajo este enfoque anteponían la explotación agrícola como un nivel privilegiado del análisis del sistema, y en menor medida en los niveles superiores. Aunque realizados a escala de una unidad territorial, estos intentos se quedaron frecuentemente en un análisis sistémico de las explotaciones agrícolas, pero sin considerar “el medio ambiente de las

20 Sobre el análisis comparado del surgimiento y desarrollo de estos dos enfoques de “familias”, fsr e investigación del sistema en agricultura, véase el análisis de L. Fresco (1984) y de D. Pillot (1987, 1992).

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